De Tineo a Pola de Allande (II).

 

      Nada falta ni sobra en este paisaje tan asturiano. Todo está bien. La senda que conduce fuera de Tineo se angosta o ensancha según su criterio orográfico. Los prados se suceden a ambos lados, cortados por largos e irregulares barbacanas de piedra, tras las cuales pacen temprano las vacas que se han cobijado durante la noche debajo de las magníficas copas de los castaños. Como complemento de esta arcadia, se levanta también madrugadora una suave brisa, que orea el monte y lleva de un lado a otro los profundos aromas de la naturaleza, endulzándola. Aquí y allá, un caserío se asoma más cercano, otro deja verse en lontananza, débilmente blanqueado por los primeros rayos del sol, a veces oculto por el cielo acelajado. Al fondo, los cordales, que se solapan ondulantes, esperan pacientes como reses bravas a que el peregrino se acerque en el secular silencio de esta mañana.

                 Monasterio de Obona

     Desde Piedratecha el descenso es permanente entre los bosques y el ramaje apretado hasta encontrarse con el desvío que se toma para llegar a Obona. En la profundidad del valle, solitario ermitaño ataviado de andrajos, famélico anciano vencido por la edad, apenas se sostiene en pie el  monasterio de Santa María la Real de Obona.

      Acerca de la fecha de la fundación del cenobio hay muchas dudas, pero en 1222 Alfonso IX pasa por este lugar promulgando que los peregrinos debían visitar el monasterio, aunque fuese desviándose del camino principal. Consta el conjunto de una iglesia de tres naves acompañadas de tres ábsides circulares y una fachada desmochada, provista de portada rudimentaria que se remata en una espadaña con abertura para tres campanas, dos de distinto tamaño. A su lado, sobresalen las dependencias del monasterio y un claustro inacabado del siglo XVIII, que está invadido por las ortigas y otra suerte de maleza muy pródiga en estos lugares húmedos. El período más florido del convento coincidió con el paso de los peregrinos en la baja Edad Media, y su importancia fue decayendo en la medida que estas tierras dejaron de ser paso de romeros hacia Santiago.  Aquí se enseñó el trívium y el quatrivium a los más preparados, pero parece que también se impartieron las técnicas agrícolas y ganaderas más depuradas, ayudando al desarrollo de la zona y de la región.

   Se encuentra en este monasterio el caldo de cultivo idóneo para el misterio y la leyenda pues su ubicación al fondo del valle, y los exuberantes bosques, han exacerbado la imaginación de foráneos y naturales, que han urdido consejas sobre brujas chupa-sangres (la guaxa), ánimas en pena ( la santa compaña) o laberintos que esconden valiosos tesoros o pergaminos de raros jeroglíficos.

 

                                 Prados de Campiello

    Los ascensos y bajadas se suceden sin pausa y lamen unas veces, otras atraviesan, las aldeas de Villaluz, Campiello y Borres. Retorna el paisaje tan asturiano. Prados superpuestos, dormidos, apenas separados por setos o muros reverdecidos de musgo; mientras que más allá se continúa la hilera de la sierra coronada por la vetas de niebla; y más cerca las vacas de leche se arremolinan buscando el mejor pasto. Zarzales y rastrojos, moras envainadas en finos tallos, marcan los lados del camino. Todo es deleite en este paraíso perdido.

     A tres kilómetros de Borres el peregrino debe elegir entre tomar el desvío por la ruta de Hospitales o seguir derecho hacia Pola de Allande, aunque la mayoría optan por el segundo itinerario a pesar de la belleza paisajística de la primera.

                                           Borres

    Es tal la atención que se da al paisaje en Asturias que se mira poco al cielo. Así que debe hacerse también un esfuerzo por dirigir la mirada hacia arriba. Como corre la brisa por estas caleyas, que mueve y desordena el peinado del arbolado, así también empuja las nubes que van y vienen desordenadas y a su capricho. De vez en cuando, el sol asoma narigudo entre el celaje y, entonces, los rayos dorados iluminan el campo aún más reverdecido.

     Colinas, Porciles, son las últimas costuras de este precioso día. Allá en el fondo de estas vallinas, justo en el pequeño redondel de esta hoya, nos recibe callada la villa de la Puebla de Allande, antes de proseguir camino. Mañana será otro día.

                                     Porciles

 

 

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