De Oviedo a Grado.

 

Campo de San Francisco

       Oviedo es una ola espumosa. La cresta la ocupa el nuevo ensanche,  el campo de fútbol del Carlos Tartiere,  y las antiguas facultades del Cristo de las Cadenas y las nuevas que se han creado; en el descenso se tropieza con el campo de San Francisco, que fue el huerto  de  un convento franciscano desaparecido, y con el tiempo albergó una osera que cobijó hasta su muerte a dos entrañables osos, Petra y Perico, capturados cuando eran crías pues su madre resultó abatida en aquellos tiempos ; y en el pedestal de la onda se apretuja arracimado el vetusto e histórico caserío, que se asienta en torno a la alargada sombra de la catedral de San Salvador. El monte del Naranco, depositario de las joyas del prerrománico asturiano, levita milenariamente sobre la ciudad, a menudo rodeada de niebla como densa espuma.

     El peregrino del medievo, que dejaba atrás la travesía infernal del puerto de Pajares, entraba en la ciudad por la puerta de Socastiello, una de las aperturas de las murallas que rodeaban la urbe, hasta encontrarse con la antigua catedral de la que apenas han quedado vestigios pues la nueva fábrica de estilo gótico se inicia en el siglo XIV. La catedral, de planta de cruz latina, cabecera y tres naves, provista de girola para la deambulación de los peregrinos, tiene una construcción muy original de la época de Alfonso II El Casto, que es la Cámara Santa, donde se guardan importantes reliquias. Concretamente el Arca Santa, que se mantuvo escondida en el próximo Monsacro, en el concejo de Morcín, durante la invasión musulmana, parece que fue la depositaria de muchísimas reliquias de santos, siendo la principal el sudario que cubrió el rostro de Jesús desde el descenso de la cruz hasta el enterramiento. Esta circunstancia determinó que durante varios siglos Oviedo acogiera a peregrinos en su camino a Santiago o en el viaje de vuelta. En dos ocasiones la Cámara Santa sufrió desperfectos. Durante la Revolución de Octubre de 1934 el recinto fue dinamitado y, en el año de 1977, un ladrón común robó y expolió las cruces de la Victoria y de los Ángeles, y el arca de las Ágatas. En ambos casos, se repararon los daños en la medida de lo posible.

     Ya en el exterior, desde la plaza y la alargada calle de San Francisco, flanqueada de bellos edificios modernistas y de la antigua facultad de Derecho, la catedral se yergue hermosa a pesar de que le falta la torre gemela que nunca llegó a construirse. Sin duda, un sereno y vertical manantial de piedra.

                                            Catedral

    Alrededor de la catedral, la corrada del Obispo, la plaza de Feijoo y el convento benedictino, más comúnmente conocido como el de las Pelayas, constituyen el impecable reducto de este noble conjunto urbano de Oviedo. Traspasado el Ayuntamiento, la fuente prerrománica de la Foncalada suministra sus aguas limpias al bello y vetusto caserío del Fontán, origen de esta ciudad. Un patio, al que miran las casucas porticadas de esta neurálgica plaza, recibe a quienes la visitan entre olorosos potes y el hilo de la mejor sidra astur.

 

                       

                                                El Fontán

  Se sale de Oviedo por el popular barrio de la Argañosa, lugar construido probablemente sobre un expenso brezal, y se sigue por las haldas del monte Naranco hasta San Lázaro de Paniceres, donde hubo en tiempos una leprosería de la que no queda ningún resto. La primera mención que recuerda al fraternal vecino de Asturias es el puente de los Gallegos, bajo el que discurre el río Nora o Ñora, que aún conserva algunas trazas del original puente del siglo XIII. Poco después, este río entrega sus aguas al caudaloso Nalón, que viaja desde el Puerto de Tarna entre brincos y canciones mineras.

              

                               Puente de los Gallegos

     La sinuosidad del terreno lleva al peregrino, tras un recuesto importante entre castañales, al Escamplero, caserío disperso desde cuyo cerro se observa un espléndido paisaje nítidamente asturiano. Hubo en este lugar un hospital de peregrinos fundado en 1350 por el hidalgo Rodrigo Alfonso, del que tampoco ha quedado vestigio alguno pues ya en el siglo XVIII queda constatada la desaparición de esta hospedería.

      Desde aquí el descenso conduce a las aldeas de Valsera, Premoño y Paladín para entrevistarnos por primera vez con el río Nalón y el puente medieval de Peñaflor en las cercanías de la Puebla de Grado, provisto de cinco arcos y sólidos tajamares. Según explica un cartel próximo, en este lugar se enfrentaron las milicias civiles dirigidas por Gregorio Jove-Valdés y un grupo de soldados franceses durante la guerra de la independencia en 1808. Al lado del puente permanece muda la iglesia románica de San Juan, de nave única, ábside cuadrado y espadaña con dos campanas. De uno de sus lados, el que mira al río y las vías del tren, se despliega un atrio con techo y estructura de madera.

                                                     

                 Iglesia románica de San Juan de Peñaflor

   A nada se entra en la villa de Grado, puerta al occidente interior de Asturias.

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