Santiago de España. Américo Castro

 

      Nacido en 1885 en Cantagalo, Brasil, y fallecido en 1972 en Lloret de Mar, representa una vida dedicada al estudio e investigación de la historia de España y su literatura. En este sentido la figura del eminente filólogo, Marcelino Menéndez Pidal, desempeña un papel influyente en la formación investigadora del escritor. Desempeña la cátedra de Historia de la Lengua Castellana en la universidad de Madrid desde el año 1915. Y desde esta privilegiada posición mantiene relaciones intensas con personalidades tan importantes como Ortega y Gasset y Giner de los Ríos. Durante la guerra civil española se marcha a Argentina y Estados Unidos, donde enseña literatura española en diversas universidades. Tras una vida de venturas y tribulaciones, pues mantuvo severas polémicas con otras colegas, como el historiador Claudio Sánchez Albornoz, viene a morir en solar hispano, dejando un rico y copioso heraldo cultural.

    En 1948 publica La realidad histórica de España, en la que plantea la teoría de que las raíces de lo español se fraguan en la Edad Media como resultado de la convivencia no siempre pacífica entre cristianos, árabes y judíos, cuestión que da paso a una de las controversias  más apasionadas del siglo XX acerca del ser de España. Pero en lo referente al asunto jacobeo, Castro dedica algunas páginas a  la figura del apóstol Santiago. Mantiene dos tesis importantes: la importancia del discípulo de Jesús en el devenir de la historia de España y la influencia o trasposición de los dioscuros a la imagen de Santiago, considerado como eficaz ángel exterminador de las huestes musulmanas en el proceso de expulsión del Islam de la Península Ibérica durante el medievo.

    Contestado por Claudio Sánchez Albornoz y, sorprendido por la virulencia de los ataques del historiador y otros afines, publica en 1957 unas cuartillas, Santiago y los Dioscuros, complementadas al año siguiente con el libro, Santiago de España, en los que explica con mayor profundización los asertos planteados de inicio.

     Según Américo Castro, la perspectiva ecuestre de Santiago que, con la espada en la mano, siembra la muerte y el desconcierto en el bando árabe, es la cristianización del mito griego de los gemelos Castor y Polux, llamados Dioscuros. La semejanza entre ellos es más que notable pues los hermanos intervienen, primero, en múltiples batallas de griegos y romanos en defensa de su bando, y segundo, lo hacen a lomos de un hermoso corcel blanco que se desliza de los cielos, sembrando mayor confusión en el lado hostil. Polux es además hijo de Zeus o Jupiter, Castor lo es de otro padre, del que Homero dijo que era el Tonante o el que gobernaba el trueno, de la misma manera que a Santiago se le reconoce para diferenciarlo de su hermano menor, el hijo del trueno. En resumen, la invención de Santiago como “matamoros” no es más que la traslación del mito pagano al cristianismo.

    La consecuencia, sigue sosteniendo Castro, es que Santiago Matamoros es un activo fundamental en la lucha contra el Islam, y un importantísimo apoyo anímico de las tropas cristianas para vencer y exterminar a su enemigo. Desde la aparición fabulosa del apóstol en la dudosa batalla de Clavijo, año 822, y de la presencia legendaria de Santiago y San Millán, esta vez dos santos, como Castor y Polux, en la contienda de Simancas en el año 939, el apóstol se convierte en un héroe cristiano y luego nacional, hacedor de la unidad de España en torno al credo cristiano. Con palabras del ilustre filólogo, Santiago es “una institución en el colectivo hispano”. Tan importante papel asignado a este santo determinó que fuese nombrado Patrón de España.

   Esta visión casi mesiánica de Santiago decidió, por ejemplo, que cuando se quiso hacer a Santa Teresa de Jesús copatrona de España, la reacción de los poderes tradicionales fue inmediata, resolviendo el patronato en favor de Santiago, cuestión defendida entre otros muchos por Quevedo, que fue un decidido santiaguista.

     La obra, en la actualidad poco leída, de Américo Castro resulta una pieza fundamental para conocer el origen y desarrollo de nuestra historia, incluso siendo un escritor de formación literaria y lingüística que, adoptando fuentes literarias, llega a conclusiones  muy interesantes y clarividentes del modo de ser del español. Sin duda, la formación filológica del sabio determina el carácter austero, templado y maravillosamente transparente del estilo literario del que hace gala en toda su obra, lejos del circunloquio y la retórica tan propios de otros.

  

  

    

  

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