Torres del Río-Logroño. La paz y la intriga.(8 de julio de 2016)

 

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                   Casa desvencijada de Torres del Río

        Torres del Río se desperdiga en una colina de forma irregular a orillas del río Linares. Hay buenas y recias casas, pero otras están cerradas en avanzado estado de ruina, y se ven algunos tejados que han cedido por la podredumbre de los vigámenes, dejando al aire un esqueleto disforme de piedras, cascajos y virutas de puertas o ventanas. Sin embargo, no faltan lustrosos blasones en algunas fachadas, que hablan de un pasado más próspero y rico. Las calles, empedradas, no tienen problemas de espacio y se configuran anchas y bien resueltas. Paseando por ellas se intuyen dos zonas: la alta, marcada por el señorío de la iglesia de San Andrés, y la baja, en torno a la iglesia del Santo Sepulcro. Rodeando el pueblo, los campos segados de trigo, algunos olivares, retazos de vid y manchas verdosas arboladas, se desparraman en todas las direcciones, a excepción del lado este en el que, elevado sobre un collado de mayor altura, se ven algunos muros y la torre de la iglesia del vecino pueblo de Sansol.

      Delante de mí dos turistas extranjeras han rehusado la visita a la iglesia del Santo Sepulcro porque la encargada de su custodia les ha exigido con poca delicadeza el pago de un euro. Les digo, no obstante, que la visita bien merece la pena, pero ellas se sienten engañadas porque en su país no existen estas cargas. Sin embargo, la iglesia tiene importantes singularidades que justifican la entrada. Nada más traspasar el umbral de la sencilla portada, la sorpresa es la verticalidad de los muros, que contrasta con la poca altura de la mayoría de iglesias románicas españolas. Sobre una planta octogonal, se levanta la fábrica de sillar de tres cuerpos como en el exterior, estando el último provisto de varios ventanales con arcos de medio punto, que iluminan el espacio interior. Sentado en uno de los poyos puede admirarse la bóveda cuya nervadura son arcos apuntados que se cruzan para formar una gran estrella de ocho puntas, siguiendo el estilo de las obras califales andaluzas. Se dice que el templo es de origen templario del siglo XII y que allí trabajaron menestrales mudéjares por las concomitancias del arte islámico y románico en cuanto a la nervadura de la bóveda. Por último, sobre la cúpula se apoya una interna, que aún aumenta aquella sensación verticalista que el visitante tiene cuando entra, con la finalidad de guiar al peregrino en su camino mediante luces encendidas en el interior. El edificio se completa con una torre cilíndrica en el lado oeste y el ábside semicircular en el este, al que se accede por un arco apuntado que descansa en dos largas columnas. Dentro del ábside, un Cristo románico conmueve y agita el pensamiento: aparece directamente iluminado en los lados por unos focos con más que notable realismo, mientras que una ventana abocinada arroja un reguero de luz a las espaldas; está clavado en la cruz, los brazos más largos que ningún otro miembro, y salpicado de gotas de sangre en la cara, el pecho y el costado, aunque el rostro muestra un gesto apagado, acaso sereno; tiene además cuatro clavos, dos en las manos y uno en cada pie. A pesar de todo, el autor de este Cristo muestra un cierto regusto en la exposición de la sangre, que corre abundante, provocada por  la incisión de las espinas y la muesca abierta en el pecho.

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                                                                                                               Campos de Torres del Río

        La iglesia de San Andrés se eleva en la parte alta del pueblo. Es de estilo posterior y tiene las hechuras de las iglesias-fortaleza que tanto han proliferado en Navarra y Aragón. Hay alrededor un parque con juegos y unos  jardines recoletos con bancos, donde dos personas de edad avanzada hablan de sus cosas sin prestar ninguna atención a los turistas que pasean, acostumbrados ya a esta circunstancia. Sentado, separado del campo por una baranda de piedra, se abre ante mí un paisaje raso, levemente empinado, que se pierde en una línea del horizonte donde tierra y cielo se besan interminablemente. Hace unos días que las máquinas han segado el trigo, y las pajas se han recogido en balas de gran tamaño, que luego se cargan en los camiones para usos agrícola-ganaderos. La tarde avanza despacio, acompañada del cromatismo de la campiña que transcurre entre el amarillo del rastrojo y el azul celeste del cielo, provocando una paz sosegada, probablemente muy parecida a la de Fray Luis, que tenía un huerto por él plantado y regado por un arroyo cristalino que esmaltaba flores a su paso.

         Un nuevo día, otra jornada, se presenta bajo un sol límpido, despejado el cielo, que irá calentando estos parajes con el paso de las horas. No hay en Navarra camino liso, sino altibajos  permanentes, así que hay que armarse de paciencia para ir saltando de un cerro a otro sin tropezar ni sufrir una lesión. La salida de Torres del Río pasa junto al cementerio. La senda discurre ancha y, a los lados, algunas pardas sementeras contrastan con las hojas verdes de las parras. La ascensión leve, pero constante, acaba en el alto de la ermita de Nuestra Señora del Poyo, donde un mercachifle ha improvisado un puesto de venta para ofrecer refrigerios a los peregrinos. Pido un zumo de naranja porque he visto una licuadora con hebras de pulpa, pero al tomarla se nota que es zumo industrial, oculto bajo la barra, mezclado con el recién exprimido. La añagaza, tan española, es un ingrediente más del camino que nos sorprende en la esquina de cualquier calle o plaza o venta o meandro, cuyos efectos han sufrido peregrinos de todos los tiempos con desigual resultado.

   -¿Qué tal el camino hasta Viana?

   – Nada, tres repechos y el resto cuesta abajo.

     Cuento cada una de las cuestas y la tercera parece que no llega nunca, pero cuando culmino  la última ya el paisaje parece más hermoso y el cuerpo gana en lozanía y frescura. A lo lejos, en línea recta, se desparraman la villa de Viana, última población del camino de Santiago en Navarra, y a la izquierda, como si estuviera a su vera, mano con mano, la ciudad de Logroño, capital próspera de La Rioja.

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                                                                                                                   Ayuntamiento de Viana

        Viana es una ciudad fundada en 1219 por Sancho el Fuerte para la defensa de Navarra frente a los ataques de Castilla. Por eso, conserva las hechuras de una formidable plaza fortificada, rodeada de murallas y casas en doble hilera con alargadas y angostas calles empedradas, que alberga exquisitos edificios civiles e iglesias relevantes. Extramuros, se ubican los nuevos barrios, las huertas y el convento de San Francisco. El peregrino entra por una de las cuatro puertas y sale por la de San Felices, recorriendo las sabrosas y vetustas Rúa de Santa María y calle Navarro Villoslada.

        A mediodía, la villa es un hervidero de gentes que van y vienen; el sol llega a su cenit y el calor aprieta cada vez más. En un bar enfrente de la iglesia de Sta. María varias personas comparten animadas conversaciones, mientras que repongo fuerzas porque aún quedan ocho km. para llegar a Logroño. La iglesia es soberbia en sus dimensiones y extraordinariamente enriquecida de retablos y capillas en el interior. Su construcción de estilo gótico data del siglo XIII, aunque la majestuosa torre se incorpora en el siglo XVI. Delante de la portada yacen bajo una lápida mármol los restos de Cesar Borgia, que muere en Viana el 11 de marzo de 1507. Obispo, cardenal, hijo a su vez de cardenal que luego se hizo Papa con el nombre de Alejandro VI, de vida azarosa, intrigante, altivo, calavera, imperturbable, cruel, resultó asesinado por soldados navarros, dejándolo desnudo en un lugar conocido como la Barranca Salada. Elogiado también por Maquiavelo, éste reconoció a César Borgia como modelo de Príncipe de Estado.

 
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                                                                                                     Ruinas de la iglesia de San Pedro

     El centro de Viana se cierra con el Ayuntamiento, situado a un lado de la iglesia. Es un airoso edificio del siglo XVII de dos plantas, la primera porticada y la segunda con altos ventanales abalconados, rematado por dos torres laterales iguales.

    Siguiendo la longitud de la calle, se tropieza al final con las ruinas de la iglesia de S. Pedro. Tímidamente cruzo una puerta medio abierta, pensando que alguien podría advertirme que no puedo pasar el umbral, y dentro encuentro los restos de un bajío roto, donde aún se salvan una de las naves laterales, una parte de la cabecera y la portada barroca. El silencio se rompe con las pisadas de un sacerdote que mira y saluda educadamente. En la puerta de San Felices una losa de piedra resume la fundación de Viana.

     Se va perdiendo la silueta de la ciudad cada vez más lejana en el holgado sendero, sin árbol al que arrimarnos, haciendo la marcha más penosa pues el calor crece y crece. Al principio cepas y rastrojos aún nos vigilan, pero a medida que nos acercamos a Logroño el páramo yermo va ganando espacio. Quedo pensativo acerca de la familia de los Borgia, sobretodo, del personaje enterrado en el suelo, según dice un prospecto informativo”para que en pago de sus culpas le pisotearan los hombres y las bestias”. Prometo leer la historia de este linaje tan pronto tenga ocasión.  Un cartel de tráfico señala el fin de esta hermosa tierra navarra y el principio de otra, aunque el peregrino tiene la sensación de que todo es una larga cadena humana en que las fronteras caprichosas solo cumplen un papel administrativo. Leo otro panel que me causa más gozo: “Huertos urbanos de Logroño en régimen de autogestión. Fase II”. He ahí cómo las gentes retornan al huerto para sentirse a gusto produciendo sus tomates y hortalizas y para consumir lo que sus manos labran. Luego, el camposanto anuncia que más allá del puente de Piedra, que cruza el Ebro, otros muchos viven sometidos a la inexorable ley del paso doloroso del tiempo.

     Logroño, ciudad de peregrinaje, abre sus brazos a quienes buscamos su abrigo en estas horas caniculares del estío. O eso espero.

 

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                                Plaza de Mercado en Logroño

 

 

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