Pamplona-Puente la Reina. El Alto del Perdón (05 de julio)

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                                                                                                             Plaza del Fuerte. Pamplona

        Pamplona es un hervidero de gentes de todo el mundo. Las calles, travesías y callejones aparecen colmados de personas que van y vienen gustando los pequeños placeres de la ciudad. A la hora del mediodía, sin embargo, decrece esa actividad frenética porque hace calor y todos aprovechan para comer y sestear. En el aire se presiente el bullicio de la fiesta de los sanfermines.

      Accedo a la Plaza del Castillo, de bella hechura cuadrangular, provista de pórticos frescos que sirven para conversar, ojear, descansar, o simplemente pasear. El centro de la plaza lo ocupa el quiosco de la música, que es circular, de esbeltas columnas y balaustradas de piedra y un techo interior azul, al que se sube por dos escaleras laterales. Por el lado sur, donde está la estatua del Carlos III el Noble, rey de Navarra en el siglo XIV, el espacio se abre a la zona más moderna; mientras que por el norte y laterales se toca con el casco antiguo de la ciudad, que parte del Ayuntamiento y se ramifica en esas calles adoquinadas a las que han dado fama universal los encierros taurinos tan difundidos, la calle Estafeta, la calle Mercaderes…

        En uno de los lados se sitúa el Café Iruña, que tiene a gala haber recibido a personajes internacionales como al escritor E. Hemingway, donde imaginó algunas de sus obras sentado en las sillas de madera del local. Fundado en el año 1888, recibe al peregrino en un vestíbulo que antecede al espléndido espacio interior de decoración modernista. Dentro hay grandes columnas sostenedoras de techos altos, de estucos dorados y molduras ocres, y muchas lámparas de época que aportan una luz intensa. Los espejos laterales de gran tamaño no solo decoran el interior y lo amplifican, sino que sirven a los visitantes para mirarse con mayor o menor disimulo. El servicio de restaurante está abierto y lo aprovecho. Buena comida. No pierdo la ocasión para pedir una cuajada doméstica y, como no hay,  la casa ofrece una abundante tarta de queso y arándanos, que está muy rica. Algunos matices: enfrente, un letrero con caracteres ingleses dice que se vende cerveza de bodega antigua, recién hecha, de forma que el comensal, si tiene pensado beber agua, rápido la permuta por cerveza; al lado, un joven treintañero, sentado junto a una mujer de más edad a quien se parece mucho, echa una indisimulada sonrisa cada vez que engulle un pedazo de entrecot, y cuando acaba se pone a teclear un móvil del que está delicadamente enamorado.

       La ciudad  languidece bajo un sol abrasante a la espera de las últimas horas de la tarde, más suaves y frescas. Desde la Plaza se accede a la Catedral por la Bajada de Javier y la calle Dormitalería, que fue el burgo de los vascones durante el período medieval, enfrentado a otros burgos formados por mercaderes y artesanos ultrapirenaicos. Dice la historia que se construyeron murallas interiores para separarlos, y que fue el rey navarro Carlos III quien las derribó porque los enemigos estaban extramuros. La Catedral es un soberbio edificio del estilo gótico, reconstruido sobre una iglesia románica que se incendió por completo. El interior consta de dos naves laterales y una central, y un deambulatorio preparado exprofeso para los peregrinos. Hay unos paneles informativos circunvalando la girola, que recogen la Historia de la Humanidad desde los comienzos de la cristianización del imperio romano hasta la actualidad. Una sección, titulada “Totalitarismos del siglo XX”, destaca en letras muy grandes el Marxismo-Leninismo y el Nazismo, y añade unos renglones dedicados a los “mártires” cristianos de los años 1936 a 1939, aunque también los hubo no cristianos. El franquismo no figura para el cabildo catedralicio entre los totalitarismos del siglo pasado.

         Ando por la Bajada de Labrit y me doy de bruces con la monumental Plaza de Toros. Entrarán las manadas a la carrera por una de sus puertas dentro de dos días, y los mozos, que juegan a la ruleta rusa, desafiarán las afiladas navajas de los mihura. Ya están las talanqueras dispuestas en las calles, y vecinos y turistas preparados para recibir un año más la fiesta de los Sanfermines. Fiesta, libro escrito por Hemingway en 1926, retrata con detalle el ambiente de estos días.

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                                                                                                  Iglesia románica Sanjuanista en Cizur Menor

             La salida de Pamplona se hace de madrugada por la Ciudadela y la Universidad Pública, que posee un magnífico campus. La sierra se va ensanchando a medida que se abandona la capital y pronto se llega a la localidad de Cizur Menor bajo un cielo plomizo que puede descargar agua en cualquier momento. A la izquierda de la ruta se enseñorea la Iglesia Sanjuanista del Siglo XII, con aspecto de ruda fortaleza, que perteneció a la Orden Hospitalaria de San Juan Jerusalén hasta el siglo XIX, formada por caballeros-soldados que protegían a los peregrinos de asaltantes y velaban por sus vidas. La otra iglesia es la de San Miguel, situada en el otero opuesto del pueblo.

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                                                                                                         Panorámica desde el Alto del Perdón

             No hay llanuras prolongadas en Navarra, así que el sendero serpentea y pronto comienza a ascender, dejando a las espaldas la cuenca de Pamplona. La subida se hace más dura a partir de Zaraquiegui, hasta que se gana la cumbre, adarve desde donde se observan magníficas vistas de los Pirineos, allá en lontananza. Cuenta la leyenda que un peregrino, agotado y sediento, fue tentado por el diablo antes de la cima, ofreciéndole agua a cambio de su alma. El peregrino renegó y Santiago, que perdonó sus culpas, le ofreció beber de su propia concha para que no desfalleciera. Así se llamó a este lugar el Alto del Perdón y la fuente próxima, la de Reniegas. Por lo demás, unas esculturas de hierro que reproducen a peregrinos de épocas distintas, obra del escultor Vicente Galbete, reciben el azote de los vientos y las lluvias, como si de marineros en tierra se tratasen, a 770 m. de altura.

        La bajada hacia Uterga por la vertiente sur es muy penosa por el desnivel y, sobre todo, por la acumulación de cantos de todos los tamaños que se propagan a lo largo del sendero. A mis espaldas reconozco la voz de una mujer que no deja de hablar con alguien en medio de tanta dificultad.

        –Cariño, pisa bien. Aquí, no, allí mejor. Pequeño mío…

       Cuando miro atrás, veo que un perrito pequinés, al que le cuelgan las orejas, es el objeto de los requiebros. Me ofrezco a ayudarla, pero ella sigue adelante con la aventura, solo pendiente del bienestar de su pequeño amigo. Las calles de Uterga se abren espaciosas; a los flancos, hermosas casas siguen conservando el tipismo rural, algunas embellecen las ventanas con macizos de flores de colores, otras se mantienen sobrias. Más abajo, una taberna apañada ofrece un suculento menú de lentejas y bacalao, que no rechazo. Al poco tiempo, la señora y el perro entran a comer y el dueño le reprende que no se admiten animales.

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                                                                                                        Campos de trigo cerca de Muruzábal

            Dicen que no es bueno caminar después de las comidas, sobre todo a estas horas tan calurosas, pero no me importa. Incluso me siento acompañado porque otras peregrinas han hecho lo mismo que yo. El sol radiante inunda el espacio luminoso, las campiñas secas dibujan el perfil del trigo que amarillea ya en esta época del año. Pronto llegará la siega y el campo mostrará la desnudez de su piel requemada. Tras varias curvas y con la solana en el sombrero, se enfila la calle mayor de Muruzábal. Aquí sale la desviación hacia Santa María de Eunate, que dista más de dos km., pero decido seguir la ruta oficial porque, aunque lo tengo callado, me duele intensamente la rodilla izquierda desde Pamplona y no quiero exponerme a riesgos que agraven la situación. No obstante, renuncio con pena pues la Iglesia tiene un interés enorme en el camino de Santiago por la soledad del paraje y la extrañeza de la construcción, que ha dado lugar a ríos de tinta.

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                                                                                                                          Casa en Obanos

            Cuando llego a Obanos las calles están desiertas y el calor va en aumento. Si se mira hacia los campos se extiende en la lejanía una franja irregular que emborrona los montes. En el pueblo todos esperan a que la tarde refresque para salir a los zaguanes de las casas. Pero una niña, en un recuesto que conduce al centro, ofrece a los peregrinos un vaso de limonada a cambio de la voluntad. Le pregunto si es natural y si lo ha exprimido ella misma, y contesta que sí, con una vocecilla que apenas le sale del cuerpo. Podría ser la aparición de un ángel o la encarnación de Felicia, pero es solo una niña atenta y trabajadora. Tomo dos vasos y le dejo dos euros.

          -¿Te vale?

          – Gracias.

          El pueblo tiene una portentosa iglesia y un pozo de agua al lado, una puerta medieval de acceso o de salida, y unas cuantas casas nobles muy bien conservadas. Pero destacan sobre todo dos sucesos: uno es el Misterio de Obanos; el otro es la convergencia en este punto geográfico concreto de los peregrinos que vienen desde Aragón, por el Puerto de Somport, y los que llegan de Navarra, a través de Ibañeta y Roncesvalles. Es, pues, la unión de los caminos. En cuanto al Misterio, la leyenda oral recoge que Felicia y su hermano Guillén, hijos del duque de Aquitania, viajaban como peregrinos a Compostela  para venerar a Santiago. Pero quiso Felicia quedarse en Obanos para retirarse a orar y ayudar a todos los peregrinos que pasaban por allí. La ira de Guillén fue tanta que, perdido el juicio, asesinó a su hermana por negarse a seguir camino con él. Sucedió después que Guillén, arrepentido, visitó Santiago de Compostela, y volvió a Obanos como ermitaño en penitencia por el fratricidio consumado. Este luctuoso suceso lo escribió para representarlo el párroco D. Santos Beriguistáin, como recuerda una placa conmemorativa, de fecha 21 de abril de 2001, y así viene representándose anualmente desde 1965 con la participación de más de seiscientos actores. Esta dramaturgia ha sido declarada Fiesta de Interés Turístico Nacional.

            Me echo senda abajo y entre cañizos y vueltas, garganta seca y pies castigados, dolorida la rodilla, no muy conforme con la acción de Guillén, alcanzo Puente la Reina, ya bien pasada la siesta española.

       

 

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