Epílogo. “Finis Terrae” (Santiago-Fisterra. 28 de julio de 2015)

           Es difícil decidir en qué restaurante detenernos a estas horas del mediodía porque las calles, colmadas de gente, están salpicadas de numerosas casas de comidas. Algunos taberneros, incluso, sobrepasan con desparpajo el umbral de sus zaguanes para invitarnos a pasar a los interiores de su establecimiento y ofrecer los mejores manjares. Poco importa sin embargo dónde, cómo y qué, pues el suceso comanditario del reagrupamiento de cinco amigos con ocasión de mi viaje desplaza cualquier otra cosa a un segundo plano. Dentro, las idas y venidas de los camareros son vertiginosas, suenan voces roncas, aflautadas, toses impacientes, unos levantan la mano para pedir un encargo olvidado, algunos acaban de llegar y se sientan, un señor importante con aire solemne hace que lee un periódico apostado en el mostrador, mientras que, por fin, nos llega el plato en medio de esta zarabanda ruidosa.

   –La próxima vez, tienes que venir con Flori, Pablito y Paloma a nuestra casa. El crío va a disfrutar con las gallinas y los conejos. No lo creeréis, pero nos abastecemos casi exclusivamente de lo que nos da la huerta, salvo la carne y el pescado. Se vive- apostilla Jesús- fenomenalmente aquí, en Galicia.

  – ¡Cuidado con los huevos y la salmonela!, tercia Manolo, llevado del celo profesional.

  – No solo se vive bien, los gallegos con quienes me crucé en el Camino, paisanos, hospederos, alberguistas, son muy amables y deferentes. Tenía una idea equivocada del gallego, lo del tópico, ya sabéis, y los que los asturianos de antes decían, pero nadie me ha explicado con mayor claridad y detalle el problema de la ganadería que un camarero en Sarria. Y una señora en Palas de Rei me habló de los inconvenientes de la reforma laboral vigente, tomando como ejemplo una fábrica de la zona, con una claridad que ya quisieran muchos-repuse. Lo del gallego que no se sabe si sube o baja, es un topicazo sin fundamento.  

  -¡Sí señor, esta es una buena tierra!

    La tarde transcurre deprisa sin que nos demos cuenta. Escucho el repique tristón de unas campanas, que debe ser muy habitual en la levítica ciudad. Las calles respiran más tranquilidad. El cielo, encapotado, nublo, sin apenas resquicios por donde el sol pueda colar los rayos, no parece presagiar buen tiempo. Pero, a pesar de todo, resolvimos emprender la última etapa a Fisterra.

    Desde Santiago nos separa de la Costa da Morte casi 90 km., y por una vez, el trayecto lo realizamos en coche. Si hubiera que haberlo hecho andando no hubiera podido llegar al confín del mundo porque los días de asueto han periclitado para mí. El camino me es familiar: la carretera serpentea en tramos cortos, asciende ligeramente por un otero en cuya cresta luce inveterado el hórreo, o desciende hasta el margen del río entre vallinas y hoces. A los lados, salpican el paisaje recortadas hazas de maíz, que en esta zona está más crecido que en tierras de Lugo, y casas aldeanas con la cuadras alojadas en su costal porque los animales son parte esencial del caserío. Llovizna suavemente, queda la lluvia, que impregna de paz y melancolía estas vistas gallegas.

   -¡Ahí van! Me sorprendo cuando veo en los márgenes de la calzada algunos peregrinos mojados como sopas pobres. Desearía caminar con ellos y dejarme humedecer por las chispas sutiles y delgadas de la lluvia.

  – ¿Por qué siguen andando? Porque las piernas ya no pueden quedarse quietas. Esto es un vicio. Y porque el peregrino busca algo más, acaso asomarse a lo que fue antaño, hace muchos siglos, el abismo de la Tierra, la puerta sombría que al traspasarla conducía al hombre a lo desconocido. Porque busca recrear la vívida emoción que antes que él sintieron miles de peregrinos llegados de todos los rincones. Debe de ser por eso.

                          Cabo do Fisterra

    P1020975

       No sigo con detalle los lugares por lo que vamos pasando, pero el camino me parece que es el más hollado por el romeraje.Se transcurre por el término de Negreira, primero, y Olveiroa, después, para desembocar, como los ríos, en Fisterra. Una basa de duro granito con fuste rematado en cruz habla por sí mismo: Costa da Morte, 1987. Antes se pasa por el pueblo, que deja a un lado el bello puerto moteado de barcos pintorescos, y una subida suave nos conduce a este inenarrable balcón que se asoma impúdico ante una porción de mar que fue sagrada para los peregrinos de hace mil años. Es un bello paisaje, que hay que contemplar en silencio y durante un buen rato. Los acantilados dejan caer sus panzas quebradizas sobre las olas que vienen a estrellarse con estrépito en las laderas y saltan blanquecinas como potras jovenes; próxima, la niebla va ocupando espacio y ocultando bajo sus alas el escarpado de las rocas para dejar un paisaje cada vez más blanco. Desde el enorme cancho en que me hallo queda a la derecha la estampa del faro saliente sobre un inexpugnable espolón, algunas construcciones, y una recia casa de líneas clásicas que debe ser el abrigo del farero o algo parecido. Pero inevitablemente, la mirada se pierde en la línea del horizonte. Estrabón, seguramente emocionado, dejó escrito que este lugar era conocido por las tribus prerromanas como el Promontorio Nerio o Céltico, hoy Cabo Fisterra.

           Faro en el Promontorio Nerio

P1020966

      En lontananza el mar, suave como un guante, va perdiendo el perfil de las formas, abandonándose primero en los brazos de una alargada e intensa línea de cejo que oculta la superficie, y confundiéndose después con el cielo en un espacio común. Esta es la visión que el peregrino del medievo podría tener de esta zona del mundo, y de la que pensaba que aquí acababa la Tierra, tal como hablaban los sabios de la época. El Camino lo conducía no solo a los pies del Apóstol, sino al confín de este mundo que ya no tenía continuidad. El vértigo que podría sentir, pues, aquel sencillo peregrino debía de ser inmenso, solo paliado por la idea cristiana de que la vida se prolongaba más allá del abismo de otro modo, espiritualmente.

   Es curioso que la contemplación de un paisaje nos ayuda a entender lo que a los demás les pasa o les ocurrió hace mucho tiempo.

                           Horizonte en Fisterra

P1020971

    Yo no me canso de mirar el horizonte sobre este peñasco en el que pasaría muchas horas sentado o de pie.Con la atención puesta en este mar que toco casi con las manos, sale desde mi garganta una oración, que significa “palabras dichas con amor a alguien”

               Gracias, Providencia,

               por permitirme contemplar la belleza

               que esconden tus dominios,

                ríos, bosques,

                colinas, cúspides,

                valles, mares,

                 tierras todas.

 

              Gracias, padres de mi cuerpo,

              por sembrar un día la semilla

              que se ha hecho más grande.

 

               Gracias, hijos de mi carne,

               por enseñarme a crecer

              como hombre que sigue

              su Camino hasta el fin.

Un peregrino al final del Camino

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

                                                               

           

     

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s