“El peregrino en Compostela”. Segunda Parte.

Plaza do Obradoiro vista desde la Puerta Occidental

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             He llegado al término del viaje, a Compostela, donde las piernas se plantan y dicen que ya no hay más, que aquí se quedan porque hay que visitar al santo y vivir este extraordinario lugar como se merece y zambullirse entre las calles de piedra gris confundido con las gentes. Compostela es la ciudad del Camino de Santiago. Atrás quedan Pamplona, Logroño, Burgos y León, hermosas ciudades transidas de historia, relatos y fantásticas leyendas y personajes, pero Santiago de Compostela es la ciudad, un título que solo ella tiene escondido en el silencio de las horas nocherniegas. El peregrino toca a su fin y siente la emoción hirviente que le transmite Compostela.

          La ciudad es un murmullo creciente a estas horas de la mañana, las calles se animan de visitantes, nativos, comerciantes, vendedores y peregrinos, que van y vienen en un aparente desorden, buscando cada uno su apaño. Dirijo los pasos hacia el centro de la Plaza del Obradoiro porque allí me esperan Charo y Manolo y porque es el primer lugar natural de cualquier peregrino. Manolo es mi ángel de la guarda jacobeo porque me transportó en coche cuando ya en Sahagún de Campos llegué seriamente lesionado y, ahora, ha querido esperarme con su esposa para compartir este instante. Su mujer tiene el mismo mérito pues la decisión ha sido de los dos. Nos fundimos en un abrazo.
-Sorpresa…¿Qué hay en este bolso?
¡La bandera de Asturias!

 -¡Puxa Asturies!, grita alguien.

           No lo esperaba pero es una sorpresa muy agradable. No puedo hacer otra cosa que abrigarme con ella, envolverme en un paquete azul, y con este gesto quiero expresar que recibo al pueblo gallego con el mismo afecto y simpatía con el que ellos me han obsequiado a lo largo del camino. Pero el encanto regionalista troca en desencanto cuando ya, frente a la magnífica fachada de la Catedral, se observa el andamiaje que cubre una buena parte del paño, incluido el acceso de la Puerta Occidental. El frontispicio y sus torres gemelas son obra del arquitecto Fernando de Casas y pertenecen al período del barroco, fábrica bastante recargada de pináculos, santos y otros motivos. Como la plaza está en un nivel inferior ha sido necesario salvar el desnivel mediante unas amplias escaleras de doble recorrido que facilitan el acceso al atrio y a la puerta principal de la Catedral, donde se halla acaso la mejor portada del románico europeo, obra del Maestro Mateo, el Pórtico de la Gloria. Era mi deseo ver el impresionante tímpano y las arquivoltas con los ancianos músicos del Apocalipsis y el magnífico parteluz donde, sedente, se muestra la figura lábil de Santiago; y al mismo tiempo, hendir los dedos en la parte inferior del parteluz y dar un cabezazo al Maestro para recibir algún efluvio de sabiduría, que no me sobra. Pero no pudo ser.

         Debemos girar a la derecha para interrumpir en el interior de la Catedral a través de la Puerta Meridional, conocida como de Platerías, porque en la Plaza del mismo nombre se disponían los orfebres y joyeros a fabricar y vender la mercancía a los peregrinos. No obstante, antes de abandonar la Plaza del Obradoiro me llama la atención el Hostal de los Reyes Católicos, a la izquierda, que fue el Hospital Real más importante de Compostela desde que los Reyes Católicos, que bajaron con el séquito desde las alturas de O Cebreiro, mandaran y financiaran esta obra a principios del siglo XVI. Junto a la fachada, el Palacio del Arzobispo Gelmírez, personaje crucial en la historia medieval compostelana, se presenta como una de las obras civiles del románico más importante de España; y a la derecha, justo antes de flanquear el claustro de la Catedral, una portada románica bellísima que pertenece al antiguo Colegio de Fonseca, me recuerda la canción estudiantil “triste y sola, sola se queda Fonseca, triste y llorosa queda la Universidad…”. Otras dos Plazas y Puertas son las de la Inmaculada, antigua Azabachería, donde Gelmirez hizo construir una fuente de cuatro enormes gárgolas de agua, hoy desaparecida, y que según Picaud cabían quince robustos peregrinos, y la de la Quintana que tiene en su lado inferior la Puerta de los Perdones, franqueada solo en los años del jubileo. Solo la Puerta del Perdón de la iglesia de Santiago en Villafranca del Bierzo comparte la misma propiedad de conceder las indulgencias plenarias a los enfermos.

 Interior de la Catedral en la Misa del Peregrino

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          En el interior de la Catedral va a comenzar la Misa de doce en honor de los peregrinos. Hay un rebullir de personas que buscan el asiento en los bancos. Varias veces una voz femenina interpela a los turistas pidiendo silencio, pero es inevitable el murmullo y los siseos de los concurrentes al oficio, como siempre ha sucedido. No debe olvidarse que esta catedral es un ejemplo preclaro de lo que se denomina “Iglesias de Peregrinación” pues el espacio está ejecutado para acomodar y facilitar la estancia de muchos peregrinos. Así a la planta de cruz latina o basilical, que divide el espacio en una nave central, larga y magnificente, y dos naves laterales separadas por arcos, se añaden dos elementos importantes, la girola para permitir la deambulación por la parte trasera del altar mayor y, justo encima de donde me hallo, las tribunas o triforios que ocupaban los peregrinos, incluso pernoctaban durante los días fríos o intempestivos. A veces, las discusiones en esta zona llegaban a derivar en trifulcas, por lo que los cánones eclesiásticos proscribieron su uso a partir del Concilio de Letrán. Pese a todo, la vocecilla dulzona increpa una vez más a la soldadesca peregrina.

       Bajo un baldaquino del altar mayor está la figura de Santiago, ataviado con la indumentaria de peregrino. Es tradición que los romeros recen postrados ante esta imagen y recorran el estrecho pasillo que circula por detrás para pasar un brazo sobre el hombro al que se dice “amigo, encomiéndame a Dios” y, a continuación, desciendan a la cripta para visitar la arqueta de plata que contiene, según la Iglesia, las reliquias del Apóstol. En mi caso, palmeo las espaldas del Santo, realizo un deseo y bajo a la cripta para conocer el polémico arca, protegido por gruesas rejas. Delante de este icono cristiano hay un reclinatorio que algunas personas aprovechan para arrodillarse y orar.

              Arca de las reliquias del Apóstol

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       La misa comienza y finaliza y registro algunos detalles que me llaman la atención. Por encima observo las bóvedas de cañón, reforzadas por arcos fajones, que testimonian el impresionante trabajo de los arquitectos medievales, gran parte de ellos anónimos, capaces de resolver difíciles problemas de construcción. Al otro lado del banco, un peregrino escucha descalzo las alocuciones del celebrante. Recuerdo haber leído que en el principio de la historia de la catedral el suelo se cubría de hierbas y juncos en las festividades para mantener en buen estado el piso, pero también para sahumar el ambiente que contrapesasen el mal olor que los peregrinos desprendían por falta de aseo. Luego, se inventó el “botafumeiro”. Resulta un espectáculo ver esta garita sofisticada menearse a diestra y siniestra, esparciendo las volutas de incienso en el espacio catedralicio. Cuelga de una maroma de unos cincuenta metros de longitud, situado en el centro del crucero y llega incluso a rozar las bóvedas cuando pendulea. Funciona desde 1321, aunque el actual incensario data de 1881.

     Antes de salir del templo veo caras conocidas entre los asistentes: Francisco acompañado de otros peregrinos, Paco y su hijo atentos a cualquier contingencia o detalle, otros rostros con quienes compartí camino en silencio, personas que caminamos juntas hasta este lugar y que no volveré a ver.

      A la salida nos esperan también dos buenos amigos que han venido a reunirse con nosotros en Compostela y que residen en Galicia desde hace unos años, Isabel y Jesús. Me dan otra gran alegría. Decidimos buscar un restaurante. Observo en la Plaza de la Inmaculada la figura viva de un fotógrafo que, provisto de un artilugio de madera y cámara antigua,retrata pequeñas realidades que pasan a su lado. Ahora, yo lo fotografío sin que casi se note.

   –Aún nos queda Fisterra, dice Manolo, que ha venido para llevarme al fin del mundo, esta tarde.

    Fotógrafo en la Praza da Inmaculada

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2 pensamientos en ““El peregrino en Compostela”. Segunda Parte.

  1. Como debe ser, el sabor del peregrino: orgulloso, emotivo e inolvidable reencuentro. Catedral, amigos y a ti mismo.
    ¿Proxima estacion? Finisterre. Sin duda, la mezcla perfecta de una historia que nunca habrá llegado a su fin para aquellos que tenemos el placer de leerte y sentir formar parte de esa renaciente e imparable huella en el camino…

    • He acabado, pero el año que viene empiezo por el principio, S, Jean de Pied de Port, que así se llama en francés. Buena experiencia, Laura, que aconsejo a todos y a tí. Y ya tengo el síndrome del andador, que quiero seguir y no puedo. ¡Qué se va a hacer! pues llaman las obligaciones. Sí, también estuve en Finisterre poe la tarde, el mismo día que llegué a Santiago, pues me llevaron hasta allá mis amigos. Es la última etapa, que también contaré.
      Muchas gracias por acordarte del Camino de Santiago y de mí.
      Un beso

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