“La maragatería” ( Astorga-Foncebadón. 3 de agosto de 2014)

       Se sale de Astorga sin hacer ruido con la precaución de caminar despacio porque quedan por delante veintiséis km. en sentido ascendente hasta culminar en el caserío de Foncebadón, situado a 1430 m. de altitud. Ha llovido la noche anterior con ganas, así que saliendo de Valdeviejas las botas sortean charcos de agua, remansados en mitad del sendero.

       – Papá, no toques el caballo, que te puede dar una coz.

       – Bueno, me gusta tocar estos animales.

       – Y a las vacas, y a los perros, y a los cochinos…hasta que te den un disgusto.

       Una cartela que avisa el paso del río Jerga, sobre el que se ha escrito “riu Xerga”, previo a la localidad de Murias de Rechivaldo, anuncia que estamos en una zona de frontera lingüística entre León y Galicia. El paisaje empieza a cambiar. El terrazo pardo tirando a tonos rojizos cada vez se cubre con mayor vegetación. Al principio se desparraman aquí y allá arbustos, escobas, pinos jóvenes y encinas, pero, a medida que se anda más, la flora se apretuja dando la impresión de que crece el manto vegetal. Al fondo divísanse las sierras en suaves ondas cargadas de denso arbolado. Las lagunillas de la lluvia forman cabrillas cuando el viento se desata con levedad.

       – No me fastidies que ese pueblo que aparece a lo lejos, fuera del camino, es Castrillo de los Polvazares, digo.

       – Pues debe de ser. Y está lejos. Así que no nos vamos a desviar.

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                                                          Comarca maragata

    Pisamos el corazón de la maragatería y comentan que Castrillo de los Polvazares es un bello conjunto urbano que conserva fielmente las tradiciones. Un pasillo flanqueado por dos muretes de piedra, que acotan las huertas aledañas, nos acercan a Santa Catalina de Somoza que se prolonga linealmente como tantas aldeas del camino de Santiago. Es uno de esos muchos pueblos que reconoce, admira y homenajea a sus vecinos ilustres, como es el caso del poeta D. Juan Rodríguez de la Fuente, de profesión taxista, al que se le ha dedicado una placa de piedra en la fechada de lo que fue su hogar.

    Casi sin percibirlo seguimos ganando altura y dejamos a nuestra izquierda los montes más occidentales de León que aún conservan en las cumbres alargados neveros como si le hubieran salido dos cejas a las montañas. Se pasa en poco tiempo del raso ralo de los valles a las amables oscilaciones de las sierras pobladas de densa forestación y, en línea recta, se llega al Ganso. Una fuente mana agua limpia y algunos establos y corrales están construidos con mortero de sillarejo, dándoles una constitución sólida. A la salida se recorta en el cielo azul y limpio la espadaña de la iglesia, que tiene en el lado interior un balcón franco de madera, muy común a todas las iglesias de esta comarca.

         – Ayer una pareja de peregrinos llegó muy asustada y aquí se quedó, dice un vecino, porque un rayo cayó tan cerca que vio salir humo de los árboles.

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                                                   Iglesia de los Peregrinos de El Ganso

       La ascensión a Rabanal del Camino es suave tras abandonar la aldea anterior, pero se empina considerablemente en la parte final. Es una cuesta de cantos grandes y sueltos que castigan los pies, por lo que es preciso ir esquivando las piedras a saltos, incluso. La senda transcurre entre cerrados sotos de robles y una alambrada improvisada con cruces de todos los tamaños.

      – No me esperes. Sigue todo el tiempo tu ritmo y espérame cuando llegues al llano, comento.

      – Vale, pero no me apetece dejarte.

      – Hija, el caracol no puede ir deprisa porque se moriría de un infarto. Debe llevar su paso. Como yo. 

           Rabanal ha sido en el pasado una población arriera. Sus habitantes llevaban en yuntas a Castilla pescado y volvían cargados de cereales, miel y vino. Mercadeaban e hicieron poca o mucha fortuna. Pero todos tuvieron una notable reputación y nombradía como arrieros. La casa maragata es la expresión de esta actividad mercantil: amplios portales, cuadras espaciosas, fachadas de sillarejo con ventanales de dinteles de madera y una amplia puerta claveteada rematada en un arco de medio punto o dintel plano. A ambos lados se asientan recios poyos de piedra.

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                                        Típica casa maragata de Rabanal del Camino  

        El asalto a Foncebadón es especialmente duro. Se va ascendiendo un angosto camino entre robles, helechos y jaras que deja un encantador paisaje de sierras y cuetos, granados de árboles y abundante vegetación de altura. De vez en cuando, las fuentes rebosantes de agua fría  refrescan el pensamiento y la garganta del caminante, pero el esfuerzo es cada vez mayor.

         – Caracol,  ¡ánimo!

      Y el caracol, despacio, paciente, sudoroso, fatigado, llega… porque lo importante es llegar. Y el caracol está satisfecho de sí mismo, rodeado de un paraje solitario y único.

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