“Poca historia” ( León-Hospital de Órbigo. 1 de agosto de 2014 ).

                      El Páramo leonés

        P1100384 D. Quijote decidió salir a los campos de Montiel acompañado de un vecino simpático, bajito y comilón, de donde le vino Sancho Panza, para tenerlo como fiel escudero según ordenaban las reglas de la andante caballería. Pero también decidió ir acompañado de un amigo para contrastar sus opiniones, ensanchar reflexiones y enriquecer las ideas. En nada se parece mi situación a la del ingenioso hidalgo, pero en esta ocasión he convencido a mi edecán para salir juntos a caminar por los terrazgos, cruzar los bosques, trasegar sierras y tronchar las piedras con la única finalidad de platicar con ella de cuanto nos viniere en gana y, por lo tanto, quererla más y mejor.

     Principiamos el camino antes de despuntar el alba, dejando la ciudad de León arropada aún por el sueño de sus habitantes. La salida resulta tan decepcionante como la entrada, naves alineadas, polígonos industriales y cruce de carreteras. Luego, el sendero transcurre paralelo a la carretera, lo que no solo pone en riesgo la seguridad, sino que aturde la tranquilidad del caminante con el ruido de los coches. Se entra además en una tierra dura y plana que lleva como apellido el Páramo. Es el páramo leonés una extensa porción de suelo ya muy empobrecida por el abandono de los parameses, algunos de los cuales han debido emigrar fuera de España a principios del siglo XX en busca de otras condiciones de vida más afables. El páramo es una planicie desnuda sin casi ninguna vegetación, ni árbol. Muy cerca hay retazos plantados de cereal e inmensos pedazos en barbecho que aguardan años mejores de lluvia y humedad; más allá se desbaratan arbustos, cambroneras y plantas herbáceas de clases diferentes, retamas, romero, algún cabrahigo solitario. Por el fondo las sierras cierran el horizonte.

     – ¿Por qué caminamos? Pregunta mi acompañante.

     – ¿Y por qué no? Hemos elegido estar aquí como otros van a las playas o a conocer otros países… Es un camino milenario. 

      Ya otros peregrinos apuran el paso, algunos hablan animosamente, otros van silenciosos bajo un cielo nuboso que amenaza lluvia.

     – ¿Y ellos?

    – O vienen a pasarlo bien, o creen en Santiago o buscan silencio. Habrá que preguntárselo a cada uno. Pero sí te aseguro que a todos se nos hieren los pies…y, a veces, hasta se trabuca la cabeza.

     Andando en compañía, el tiempo se encoge. Sin darnos casi cuenta nos presentamos en San Miguel del Camino donde decidimos descansar y repartir un enorme bocadillo de noble hogaza leonesa. ¡Qué precioso pan! ¡Con cuánto amor y empeño está fabricado! Lo imagino haciéndose encima de la artesa, de fina harina, frotándose con las manos del hábil obrador. Su sabor y textura me recuerdan el pasado. Así lo digo en voz alta.

     – ¿Por qué te parece mejor lo de antes? Añade mi compañera.

     – Hay en esto, lo de valorar lo antiguo, una visión idealista. Pero antaño las faenas domésticas o agrícolas se hacían sin prisas y el artesano se deleitaba con su trabajo hasta que lo veía acabado. Y le conté lo del cordelero del Berrón y lo del panadero de Santa Marina, dos operarios a los que oí decir: “Ya está, qué recia ha quedado esta sirga o qué olor tiene este pan”. Ponían en su obra calor y entusiasmo.

     Ya en Villadangos del Páramo una fila de chopos nos recibe enhiesta y tremulante por un aire sonoro que se ha levantado repentinamente. Tras una recta larguísima se muestra San Martín del Páramo, donde habíamos pensado pernoctar, pero dada la hora temprana a la que llegamos decidimos seguir hasta Hospital de Órbigo, aunque ello supusiese alargar la jornada siete km. más. Desde esta localidad el paisaje comienza a cambiar sustituyéndose el campo árido por fecundas huertas regadas por acequias que reptan ampliamente por sus campos. Por fin, la localidad de Puente de Órbigo comparte con Hospital el puente románico más largo del Camino de Santiago, conocido como Puente Honroso, que tiene a gala juntar sus orillas sobre dieciocho ojos rematados lateralmente por sólidos tajamares. En una de ellas el río Órbigo no es más que un delgado hilo de plata, que deja al descubierto el resto del cauce para disfrute de los vecinos de ambos pueblos.

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                                                    Puente románico sobre el Órbigo

       La entrada a Hospital se produce sobre las 15,30 horas, después de haber avanzado treinta y tres Km. Lo cierto es que el tiempo se encoge cuando se viaja en compañía,vuelvo a repetir. Un amable y servicial hospitalero nos recibe. La tarde declina tranquila sobre la repisa del ventanal que cierra con un original postigo. Los cuerpos yacen, por fin, agotados. Y su voz me pregunta:

       ¿Y mañana?

P1100368                                                    Iglesia de San Juan de Hospital

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