El monasterio, una aldea de frailes.

monasterio romanico[1]

         Los monasterios se dispersan a lo largo del Camino de Santiago sorprendiendo al peregrino. Al fondo de los valles, en las hazas más escondidas ocultos por el manso arbolado, ocupando los parajes tan insólitos como bellos, los monasterios se muestran vigorosos y desafiantes al paso de los siglos. Nacen además con vocación autosuficiente; intramuros, el monasterio es capaz de atender las necesidades fundamentales del monje: agua, alimentos y Dios.

        Los monasterios cluniacenses y cistercienses que se encuentran en la ruta del camino francés presentan todos la misma distribución interna con apenas leves variantes. La iglesia y el claustro representan los centros principales, la cara y cruz de la misma moneda. A la iglesia se asiste para la celebración del culto y la liturgia durante buena parte del día pues es esencial a la vida monástica la disposición para con Dios. Es por otro lado, el edificio que mejor conserva las características del arte románico a pesar de que los monasterios viven períodos de esplendor económico que permiten ir introduciendo cambios en la estructura de las iglesias así como en el resto del espacio conventual. Desde ella se sale al claustro, centro de la vida monástica, donde se pasea, se conversa, se piensa, se juega, o se busca la contemplación de los detalles naturales a que invita el recinto, para disfrute del cuerpo y del alma. Es la plaza de la aldea, que cuenta además con un pozo o fuente de aguas limpias, adornada con setos cuidados y pegujales de flores que ponen notas de color en el ambiente discretamente silencioso. El cementerio, donde reposan los muertos, es el otro campo adyacente a la iglesia. Siguiendo la dirección izquierda-derecha y contiguos al claustro figuran la biblioteca y el scriptorio, lugares de trabajo intelectual reservados a los frailes más aventajados culturalmente, el calefactorio al que se va de vez en cuando para calentarse en los días más fríos del invierno, la cocina y el refectorio o comedor donde existe la costumbre de comer y al mismo tiempo escuchar las lecturas de los salmos que otro monje recita. Lugar principal resulta la sala capitular en donde los monjes se reúnen al principio del día para recibir las instrucciones del abad sobre cuestiones diversas o para debatir asuntos doctrinales o de simple organización. Por fin las habitaciones o celdas se sitúan en las segundas plantas encima de las crujías del claustro. Debe añadirse que los conventos disponen de estancias particulares para los novicios que desean formar parte de la comunidad como frailes de pleno derecho después de haber superado el período de formación.

          Y al igual qua las aldeas, dentro del recinto amurallado aunque fuera de las dependencias citadas, figuran espacios tan necesarios como los corrales, el huerto o vivero de productos frescos, la casa del abad, si ésta existe, la cilla o almacén en que se depositan los granos, y la hospedería de peregrinos que adquiere un protagonismo evidente en aquellos monasterios situados a pie del camino. No faltaban dependencias tan útiles como la farmacia y los viveros de plantas medicinales que se usaban como medicamentos o como elementos de producción de fórmulas magistrales, en ambos casos al servicio de los campesinos dependientes de la jurisdicción del cenobio o de los mismos peregrinos.

        Un monasterio es pues un órgano de vida propia que aspira a rendir de un modo especial culto a Dios, una aldea de frailes.

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