La construcción de las iglesias (y II).

        munkit[1]

          Comienza la tarea.

        Lo primero era la obra de la cimentación, parte básica de la construcción pues no solo se diseñaba la estructura de la planta de cruz latina, sino que se calculaba la resistencia que debía tener para soportar el peso de los muros y las bóvedas. La excavación donde se ubicaban los cimientos era muy profunda, tanto que se aprovechó el lugar de la cabecera, debajo del altar, para socavar criptas que pudieran esconder las reliquias de santos a salvo del pillaje, y se rellenaba la vastedad del hueco con piedras y morteros de cal, arena y agua. Para entonces ya se depositaban en los aledaños las piedras, debidamente labradas y moldeadas, que iban a utilizarse en el levantamiento de los muros.

       Canteros y albañiles formaban las hiladas de sillares e iban subiendo unas sobre otras para levantar los muros de la obra. A veces, dependiendo de la abundancia o carestía económica, no era posible el uso del sillar y, en su lugar, se utilizaban sillarejos o mampuestos, es decir, piedras irregulares o simplemente cantos rodados entreverados con yeso y agua. Los muros eran dobles y entre ambos se dejaba una oquedad amplia que se rellenaba con morteros de piedras y cantos sueltos. A medida crecía la altura de los muros se hacía necesario adosar los andamios de madera, por lo que entraba en escena el taller de los carpinteros para preparar el andamiaje. La carpintería resultaba además muy importante para fijar las cimbras  y escuadras de madera donde descansaban inicialmente las piedras o dovelas de los arcos, y que luego se retiraban dejando suspendido el arco de media punta o los fajones.

       La iglesia va paulatinamente tomando forma.

      Se llegaba así al cierre de las techumbres, al principio mediante madera, luego en piedra. Ábsides, absidiolos, naves central y laterales terminaron cubriéndose definitivamente, dejando escasas aperturas para crear ventanales y puertas de acceso a la iglesia. Otro elemento presencial en ese momento era la fijación al techo de uno o varios artesonados de madera, cuando los recursos lo permitían, lo que embellecía notablemente la parte alta de la construcción. Sin embargo, la disposición de tanto material suponía un peso exagerado para los muros, y así la técnica del maestro creó la fijación de contrafuertes en el exterior del muro lo que evitaba la destrucción de edificio y garantizaba su perdurabilidad a través de los siglos.

        Ya a la edificación le quedan algunos detalles.

       La carpintería se ocupaba de armar sólidas puertas y portones de cierre a los que se imprimían clavos y herrajes de distintas clases para fajar su consistencia. Los herradores fabricaron además bellísimas hijuelas de hierro que cerraban los vanos y aseguraban la inviolabilidad del recinto. Por último, entraban escultores-canteros y pintores que esculpían y plasmaban con su arte el variado mosaico de figuras que no solo adornaban, sino que explicaban como libros grabados los arcanos del cristianismo.

      Transcurrieron décadas, incluso siglos. La iglesia quedaba así abierta para el culto. Y Dios, agradecido por tanto esfuerzo.

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