La construcción de las iglesias (I).

 eunate[1]

                                          Iglesia de Santa María de Eunate (Navarra)

      El valle se abre entre verdes pastos y suaves colinas. En el centro se yergue airosa, firme, sólida, como un faro de peregrinos mar adentro, la Iglesia de Santa María de Eunate, en el término de Muruzábal, a pocos kilómetros de Pamplona. La contemplo a cierta distancia para percibir mejor la efigie de esta joya del románico. Como un anillo la arquería abraza la iglesia, y son muchas las piedras que una a una forman este conjunto único del siglo XII que desde hace ochocientos años desafía el paso del tiempo. Pero las preguntas vienen solas: ¿Cómo se construye esta iglesia tan perdurable? ¿Quiénes intervinieron en su levantamiento? ¿Cuánto tiempo se ha tardado en acabarla?, preguntas que se hacen extensibles a cualquier otra iglesia de este tiempo y de este estilo.

      Lo primero que se tenía en cuenta era el lugar en que debía construirse la iglesia. Generalmente, la presencia de un milagro o leyenda o el hallazgo de alguna reliquia de un santo marcaba el lugar de construcción. Luego la cercanía de una cantera natural o de ruinas romanas para la provisión de piedras, fijaba definitivamente el punto exacto donde debía levantarse. Parte fundamental era el mecenas que asumía el coste de las obras. Generalmente, los gastos eran compartidos entre los reyes o nobles de la comarca y el vecindario de la aldea que aportaba sus donaciones para la obra. Dispuestos, pues, los dineros y el lugar, el paso siguiente lo constituía la redacción de una ventajoso contrato que vinculara jurídicamente las obligaciones de la iglesia como propietaria y las de quienes asumían el encargo de realizar las tareas constructivas, el maestro de obras y su cuadrilla de peones. Pieza principal de la construcción era el maestro de obra: planificaba la estructura de la planta, naves, ábsides y techumbre, coordinaba y conocía a la perfección las técnicas de los diferentes gremios intervinientes, y asumía la dirección de la obra día a día, corrigiendo las irregularidades y enmendando los defectos más simples. En términos modernos su labor es equiparable a la del arquitecto y aparejador juntos. No firmaban sus obras, pero disfrutaron de gran prestigio entre la nobleza y el clero. A su lado, trabajaban los maestros y ayudantes de los oficios participantes en la construcción, a saber, el maestro carpintero, el maestro herrero, el cantero y escultor, y el maestro pintor, ayudados por un grupo de peones que realizaban las tareas más penosas de carga y  descarga y de colocación de los materiales de la obra. El trabajo en equipo resultaba fundamental para cumplir en un breve plazo el encargo de levantar poco a poco el monumental edículo de piedra. Algunos de aquellos hombres dejaban su vida en el empeño o contraían enfermedades que los separaban del trabajo, lo que suponía quedarse sin empleo ni sueldo.

      Se retoma el paisaje inicial. En derredor de San María de Eunate es fácil imaginar la toma de posiciones de los diversos gremios que se disponían a trabajar para construir un templo en que se rindiera culto a Dios. Se ven los fuegos de la fragua, los picos y martillos de los canteros y las manos encallecidas de los alarifes que se afanan en colocar rectas las hiladas de los sillares.Veo el mundo comprometido del trabajo.

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