Significado o simbología del Camino.

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         La pregunta surge de modo natural cuando se conoce que la identidad del cadáver hallado en la tumba no está suficientemente probada pues una parte defiende que es el apóstol  Santiago el yacente, y otra el hereje Prisciliano. ¿Cambia el sentido del Camino? ¿Pierde el Camino la razón de ser, y por lo tanto, debería desaparecer o ser olvidado si no fuese el apóstol Santiago el inquilino del sepulcro?

       Como aserto general debe afirmarse que a cada peregrino le asiste una razón propia para emprender la ruta hacia Compostela, le asiste su propia razón personal. Sin embargo, aún a sabiendas de que el reduccionismo puede alejarse de la verdad, podría sintetizarse el sentido del Camino en tres postulados: el lúdico, el religioso y el ascético.  Una parte del peregrinaje considera la ruta como un trance cómodo para estar entretenido y alejarse por un tiempo de las preocupaciones cotidianas o laborales, esto es, disfrutar de unas vacaciones en un marco y contexto geográfico algo diferente al de sierra o playa sin dar al acto del peregrinaje ninguna otra  transcendencia. Otros, convierten el caminar en un paso o tránsito que les conduce a la comprensión y aprehensión de Dios en cuanto que defienden prioritariamente una visión religiosa sobre cualquier otra. Es Santiago, el Apóstol de Jesús y, en consecuencia, buscan el mejor conocimiento de la doctrina predicada por Él o simplemente se dejan llevar por un sentimiento religioso. Y hay quienes encuentran que el Camino es un medio de búsqueda de sí mismo, el puente tendido para que el hombre tome pulso a su vida y salga reforzado y dispuesto a ser mejor de lo que fue individual y, sobre todo, colectivamente. No hay más trascendencia que la del hombre al servicio del hombre, olvidándose conscientemente de la dimensión sacra o religiosa. E incluso pudiera existir un cuarto modelo de caminante concebido como la síntesis de  los tres anteriores, es decir, el sincrético peregrino religioso que busca en el divertimento necesario la perfección de su yo para catapultarse al mundo.

        La respuesta deviene, pues, sin exagerados forzamientos. El Camino es en sí mismo un fin, un divertimento, un ideal de perfección o una búsqueda de Dios porque el otro final queda muy lejos para el buen caminante. Prediquemos pues un sano ecumenismo para el peregrinaje a Compostela como espejo de sana convivencia en que las sociedades del mundo deben mirarse para avanzar en el recto sentido.

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