“Jugaban a las cartas” (Sahagún de Campos- El Burgo Ranero. 30 de julio de 2013).

Laguna (octava)      Ayer no podía dar un paso más porque la tendinitis me impedía andar, pero, ya curado, vuelvo a retomar el camino con la misma ilusión que la del primer día cuando salí de Burgos a la hora del canto del gallo. ¿Qué tendrá este Camino que tanto nos atrae?

      Es también la primera hora: las luces mortecinas de los faroles se reflejan en las piedras labradas del ruinoso convento de San Benito. Quedan el arco de entrada al monasterio y la adyacente Torre del Reloj. Ahora, yace desvencijado lo que en otro tiempo fue un monasterio vigoroso, pujante, un hervidero de monjes, mercaderes y colonos. Este monasterio hecho rebujos me alerta de que la vida tiene dos hitos, un principio y un fin, y me habla de la decadencia física e inopinada del ser humano, acaso de mí mismo.

     A poca distancia, girando en dirección al Sur, aparece la ermita de la Peregrina y al lado un archivo recién construido similar al de Carrión de los Condes. De repente, entre las sombras fulgen las luces del ayer como un arroyo tras la lluvia: un niño juega a las cartas sentado sobre el césped con su padre y hermana, y quiere ganar la partida tozudamente; luego, echan a andar siguiendo una vereda que abraza la mies ya dorada por el avanzado estío. A las preguntas del niño sobre los granos amarillos que sostienen las espigas, el padre responde con una fábula improvisada:

   — Érase una vez, en una tierra como esta, de días azules y tardes lánguidas, un molinero que trabajaba sin descanso en una aceña que heredó de sus antecesores, junto al río…

    Cuenta algo así como que el molinero tenía tanto trabajo que contrató a un peón para que le ayudara a transportar la harina a un silo resguardado de los temporales. Pero este, por cada saco que llevaba, guardaba un puñado de aquella molienda para su provecho. Así que, con el paso del tiempo, acumuló cientos de celemines del dorado elemento y los vendió, y con el dinero de resultas de la venta compró tierras, siervos y trebejos. Abandonó al honrado y laborioso molinero que lo contrató y, rico, emprendió un camino de desajustes, despilfarros y se dio a la mala vida. Al cabo, murió andrajoso y en la incuria. Y concluía el relato de esta manera:

        —…así el trabajo y la honradez dan al hombre prez, pero el latrocinio y la prodigalidad adelantan la mortandad.

     El niño repetía:

        — Cuéntame, padre, lo del molino, el río, la piedra redonda, la harina cómo se hacía y qué es una aceña…

     El padre volvía a empezar.

     De Sahagún de Campos —Tierra de Campos— se sale por el Puente Canto, puente de tres ojos, viejos sillares y un estrecho paso bajo el que discurren las aguas del río Cea. Se toma una vereda recta, dejando a un lado las sombras de la alameda que permanece silenciosa y tranquila, acaso demasiado. No puedo ocultar la alegría con que ando, aunque avanzo solo y no puedo decírselo a nadie. Así que, sin saber por qué, pronuncio palabras que me acercan más al entorno que me rodea: “árbol, piedra, polvo y cielo”. Y con su pronunciación hasta parece que cobran las cosas un lustre nuevo, una realidad casi humana a las que solamente les falta hablar. Sin duda, las palabras realzan y vivifican los contenidos a que hacen referencia y, especialmente, percibo que las voces rurales no solo sirven para recrear el paisaje, sino que le otorgan la savia suficiente para devolverle su color natural. Por eso, cuando desaparece por el abandono alguna voz, desaparece un trozo del paisaje. ¿Quién se acuerda del “piornal” o del “tajuelo”? ¿No desaparece con ellas el piorno desde donde aullaban los lobos montaraces y el banquito de tres patas sobre el que dormitaba las tardes sofocantes el abuelo del campo?

     El camino asciende y pronto se bifurca en dos vías: la que pasa por Calzada del Coto y Calzadilla y la otra que atraviesa la aldea de Bercianos. Tomo la última y desde allí sigo la senda derechísima y monótona que me conduce después de diez kilómetros al pueblecito de Bercianos, un caserío que conserva un puñado de edificaciones de barro y paja. En contraste con esta primitiva arquitectura tan castellana, la del adobe, aparece la iglesia de San Salvador, algo abatida por el tiempo y el descuido humano. Me despide, a la salida, un pegujal agradable que se parece muy poco al campo yermo de esta austera Castilla: una fuentecilla que destila algunas gotas de agua, hierba mojada por el rocío de las primeras horas y unos bancos de madera que invitan al descanso. Todo junto rezuma una frescura inesperada que alivia al caminante. ¿Habrán tenido estos pueblos, allá en el pasado, días de gloria?

     A poca distancia de Bercianos se muestra una hermosa laguna homónima y en su cabecera un observatorio de aves cuidadosamente construido de madera invita a apostarse para ojear el horizonte inmediato de patos. En esta mañana cálida no se oye ni el vuelo de una mosca, así que espero a ver algo: junto al abigarrado cañaveral del fondo una bandada de ánades de distintos colores chapotean felices en la superficie del agua, alguno se somorguja buscando alimento o simplemente el refrigerio que lo alivie del incipiente calor.

     Ya se me echa la mañana encima y con ella gruesas gotas de sudor en el rostro que elimino con un pañuelo; marchan por delante y por detrás peregrinos que hablan de no sé qué, sin que apenas intercambie un tímido saludo:

    —Buen camino.

      Lo cierto es que extrañamente no tengo ganas de comunicarme y siento delectación en seguir solo. El paisaje se repite. Largas procesiones de árboles jóvenes son los únicos cobijos del caminante bajo un sol tórrido. A ambos lados del sendero el espacio se ondula para perderse en la línea infinita del horizonte donde la tierra y el cielo se juntan. Pardas sementeras, dorados trigales, tierras por las que vagamos errantes algunos peregrinos. Y desde aquí, como una torre muda en mitad de la llanura, diviso el silo de El Burgo de Ranero, que va siendo parada obligada de este periplo iniciado en Sahagún.

      El sol sigue su camino hacia el Oeste. Observo desde un lugar hermoso la despedida del día luminoso y el advenimiento de la noche estrellada. El lugar está a las afueras de El Burgo. Es una laguna pequeña, como la de Bercianos, de esas que no ha mucho tiempo abundaban en la estepa castellana y formaban caprichosos espejos que servían de descanso a las criaturas aladas que volaban las alturas de Castilla hacia zonas sureñas más cálidas. Fueron anegadas en su mayoría. Esta Laguna de la Manzana, como así reza una cartela, es una superviviente de entre miles que han sido cubiertas de lodo y tierra. La rodea un matorral espeso de juncos y cañas, donde habitan algunos patos y batracios diversos.

        El sol desaparece al fin, queda el arrebol enroscándose en la piel de unas nubes afiladas como cuchillos. La noche se hace dueña de este paisaje leonés. ¿Querrá decirnos alguna cosa?

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