La negación del negacionismo.

 

 

No se puede negar lo evidente, es decir, los principios, axiomas y conceptos obtenidos como resultado de la experimentación metódica y rigurosa, no pueden negarse frívolamente por nadie, sino es por un interés oculto o torticero.

Algunas minorías extendidas por Europa y EEUU principalmente, ponen en duda la existencia del coronavirus, que ha dado lugar a la pandemia más letal del siglo XXI, y que debe retraerse un siglo para encontrar otra de similares efectos en 1918. Las razones que se aducen para esta negación no existen, sencillamente se niega porque sí, o a lo sumo, se exhiben contenidos propagandísticos del tipo “nos desean manipular , “ se destruyen las libertades fundamentales” o “los políticos nos mienten”, es decir, se recurre a falsos argumentos o falacias para sostener la negación de la pandemia.

Pero es que la realidad es tozuda. El virus productor de la enfermedad mortal ha sido aislado, secuenciado y catalogado en los laboratorios más exigentes del mundo. Cada día se conocen mejor los rasgos que lo caracterizan, y en virtud de ello, los laboratorios trabajan febrilmente en la producción de una vacuna, que ha de llevar a su eliminación.

Por primera vez en mucho tiempo, la comunidad científica ha creado más de doscientos grupos de trabajo, coordinados por una plataforma internacional, que actúa como garante de la seriedad y rigor de los hallazgos científicos, así como la orientación de los mismos hacia la destrucción del mortal. ¿Habría de pulsarse este despliegue de recursos y medios, si no existiera el virus?

Pero la realidad supera a la ficción. A la fecha de hoy los datos son tan categóricos como desoladores. Casi 900.000 fallecidos, 25 millones de infectados en el mundo. España ya vive la segunda oleada o está frisándola, antes de la temerosa llegada del otoño, que además de vientos y lluvias, todo indicaba que volvería a arreciar virulentamente las huestes enemigas. Y en esta caída o retroceso nacional, el resto de Europa parece seguir idénticos derroteros. ¿Es que este descalabro sucede porque nos hemos vacunado de la gripe el año pasado?

Podemos discutirlo casi todo en esta vida. Pero la verdad científica, la que está cimentada en la experimentación y el análisis, en las fuentes documentadas, tienen poco o ningún margen de error. El padre B. Feijoo advertía en el período de la ilustración que el resultado de la investigación contrastada es una verdad incuestionable. Porque negar el virus tiene el mismo origen que negar la redondez de la tierra o el holocausto judío, es decir, o es puro cretinismo o es perfidia.

Por eso, hay que negar el negacionismo.

 

 

 

 

Lección de humildad.

 

 

No hay peor error que la autosuficiencia, creerse excepcional en algo, como por ejemplo que nuestro país tiene la mejor sanidad del mundo o que nuestra red industrial está firme y sólidamente anclada, hasta el punto de que en ningún caso podrían peligrar ni la salud ni la economía de los españoles, en definitiva, el bienestar común de la inmensa mayoría.

Y sin embargo no es así. La pandemia ha puesto de manifiesto la debilidad o flaquezas del sistema de salud públicos –el privado no es un sistema, ni tiene la vocación de servicio general-, y ha objetivado la fragilidad del conjunto industrial, que sigue considerando el turismo como el motor principal de la economía global.

Vivimos años de locura en que se repetía- y a base de repetirlo muchas veces, nos lo creímos- que la Sanidad española era una de las mejores del mundo. Bastó el despertar de un aire repentino, que heló las espigas del campo y las arruinó, un virus letal, para que cayéramos en la cuenta de que hay algo que no va bien, y que la Sanidad falló en estos momentos críticos. Seguimos siendo al día de hoy el país occidental con más infectados y fallecimientos, y no parece que el futuro inmediato vaya a mejorar. Por otro lado, las estadísticas no dejaban de proclamar la velocidad de crucero de las industrias españolas, especialmente de la turística, hasta que el fuego devorador del virus, destruyó todo, dejando un paisaje quemado y desolado. Eso ha traído que España sea el país con mayor recesión de Europa.

En mi opinión, ha habido una sobredimensión de lo español desde adentro, y una banalización de las estrategias que este país debía haber tomado hace tiempo, al menos, desde el final de la dictadura. Estrategias educativas, científicas, empresariales y morales.

Es algo muy nuestro: creernos excelentes y dejarnos llevar por la corriente o la inacción. Hubo un tiempo en que España tenía a gala ser “la reserva espiritual de Europa” –así  lo decían incluso adalides de la filosofía-, no siendo otra cosa que una reserva de gazmoñería y falsa beatitud. Hoy tocaba afirmar que España es una reserva de progreso y desarrollo, resultando que tampoco es así.

Hay que empezar de nuevo para hacer de este país un lugar moderno, sostenible, solidario, igual, culto, donde todos podamos vivir dignamente sin que a nadie le falte lo esencial.

Sin ir más lejos, debería aprobarse por las instituciones la petición de un grupo de científicos independientes para examinar la crisis sanitaria y tomar medidas que mejoren la sanidad española. No estaría de más que otro grupo de expertos solicitasen un estudio del panorama económico para sanar esta cuestión de una vez, y dotar a España de un verdadero entramado empresarial.

Sin duda, los primeros pasos.

 

 

Lo importante, primero.

 

 

Hoy, 4 de agosto, ha sido primera noticia en todos los medios de comunicación la salida de España del rey emérito Juan Carlos I, según él, para no perjudicar la institución de la Monarquía representada por su hijo Felipe VI. Al hecho, sucedieron múltiples reacciones a favor y en contra, que pone de manifiesto la existencia de quienes defienden la Monarquía, y de quienes se abrazan a otras formas de gobierno, como la República. Todo es legítimo.

Para el espectador ha resultado una de Tirios y Troyanos, a la gresca, siendo sin embargo el asunto tan palmario, como que el propio rey –el antiguo- decide dejar su país porque considera que los hechos que lo acusan pueden ser de tal gravedad que pone en peligro la continuidad de la institución. Y punto.

Lo que suceda en el futuro queda en manos de la judicatura, que a buen seguro, pues confío en la división de poderes, dará cumplida cuenta del caso. Y si no, al tiempo.

Pero mientras esta batahola se desataba, la difícil y cruda realidad económica y social de España marcaba desgraciadamente el protagonismo del día. Nos enteramos de que en Galicia ya hay más de 45.000 personas menesterosas, en una palabra, que no comen; en Cataluña, 150.000 ciudadanos son amparados por Cruz Roja y Asociaciones de Vecinos; en Madrid ha crecido la hambruna en más de 100.000 almas; y, por decir algo, en Andalucía dependen 380.000 andaluces de la Federación de Bancos de Alimentos de Andalucía, Ceuta y Melilla. Nadie pone en duda la labor de contención del gobierno ante este problema, mediante la adopción de medidas sociales como el ingreso mínimo vital, los ERTE, las delegaciones de Servicios Sociales, el SMI etc. etc. Tampoco hay que olvidarse de los discretos, pero eficaces gestos de ayuda humanitaria de agrupaciones de ciudadanos, asociaciones de vecinos, que hacen todo lo que pueden.

Pero, ¡es tan grande el problema, derivado del feroz ataque del coronavirus, y tan cortos los medios, según se dice!

Por eso, me duele, y me enoja, que los gobernantes de nuestro país se vean envueltos en turbios asuntos, pues anhelo una patria honrada, libre y trabajadora; pero me duele más que las gentes y ciudadanos de este país –y de todos- deban hacer fila, a veces vergonzosamente, para poder comer.

Pongamos las cosas en su sitio.

 

 

 

 

“Visión del Camino Primitivo: De Oviedo a Santiago”.

 

 

 

 

 

Publicado el libro “Visión del Camino Primitivo. De Oviedo a Santiago”, fruto de mi estrecha y emotiva relación con Asturias y Galicia.

Fue el primero de todos los caminos a Santiago de Compostela, como explico en la introducción y muy brevemente en la contraportada, antes de que el Camino Francés fuera el itinerario general de todos los peregrinos europeos.

Lo pasé muy bien. Gran experiencia. El paisaje de esta zona de España, de belleza excepcional, las gentes y costumbres, y el patrimonio artístico –muy interesante-, constituyen atractivos únicos, que he intentado recoger y transmitir como peregrino y asturiano.

Estoy contento, después de un año de documentación y redacción. por el parto de este mi tercer libro. Para mí, el mejor, por dos o tres razones: Por primera vez, escribo y siento, siento y escribo acerca de mi tierra, Asturias. Estaba en deuda con ella, pues ha sido el escenario de mis primeros veinticinco años, probablemente los que más me han marcado. Por otro lado, me he esmerado como nunca en alcanzar un estilo propio, caracterizado por la búsqueda de la claridad y la precisión del léxico. Queda por mejorar aún el ritmo del período sintáctico, que es algo así como la música que acompaña al relato cinematográfico, en el que todo creador pone mucho empeño. Y por último, si la singladura me hizo feliz, de algún modo esto se trasluce en el conjunto del libro.

Hay además otro atractivo, en el que no tengo ninguna responsabilidad, y son las acuarelas magníficas de mi amigo Manuel Marco, que ha sabido recoger con maestría y pericia la identidad de un Camino.

Y con esto, ya voy cerrando el tema jacobeo, pues uno debe seguir su Camino y estar a otras cosas.

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Introduzco la entrevista realizada por Onda Cero Galicia, Gente Viajera, a propósito de la publicación. Debe buscarse en la siguiente dirección de Internet:

La Brújula de Galicia. Gente Viajera 04/09/2020. Onda cero. Programa de Luis LLera. Minuto aproximado 38.

Referencia publicada en el Facebook de la Sociedad Geográfica Española, con fecha 1 de septiembre.

Nota de prensa del Correo Gallego, de fecha 28 de agosto.

Facebook de la Federación de Amigos del Camino de Santiago, de 31 de agosto.

-Reseña de Círculo Rojo.

Entrevista realizada por Radio Autonómica de Asturias, el 17-09-2020 Programa “Noche tras noche”. 21.horas Minuto 10′ en adelante.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Qué está fallando?

 

 

Sin alarmismos ni paroxismos, pero con franqueza: ¿Qué estamos haciendo mal para que cada día superemos el número de contagios, y estemos al borde de la segunda oleada de la enfermedad? ¿Por qué este país parece que no ha aprendido casi nada del enclaustramiento a que nos ha llevado la pandemia?

Encuentro que la respuesta  no es ardua. Lo que sucede es que hay cierto prejuicio en utilizar la palabra pintiparada, que explica la razón fundamental de esta desescalada loca. Me refiero a la palabra “irresponsabilidad” de algunos ciudadanos –no sé si muchos o pocos-, a los que el bien común les importa un bledo.

En esta era de sobrecomunicación –a veces indigesta- se visualizan situaciones grotescas y estrambóticas: calles, plazas y bulevares, colmados de gentes sin ninguna protección; playas, ríos y piscinas, arquetipos de qué no debe hacerse en momentos de transmisión vírica; otra vez , por enésima vez, tumultos incontrolados de jóvenes en actitud de idolatría a la diosa botella –hay dioses más provechosos-; celebración de reuniones familiares y amistosas en la creencia de que el amor o la emotividad espantan al diablo matón; bares y tabernas descontroladas y carentes de una necesaria organización; discotecas y otros aditamentos de la vida nocturna, al margen de las medidas exigidas por las autoridades sanitarias. En suma, se vive como si no existiera el virus mortal, a sabiendas de que ya ha habido por lo menos 28.000 fallecidos en España, 600.000 en el mundo.

No es falta menor que la irresponsabilidad de algunos ciudadanos –no sé cuántos-, lleva parejo el desdén o desprecio por el bien común. Porque quien actúa irresponsablemente, tampoco piensa en la salud del prójimo.

Y mientras el nudo gordiano del problema es la negligencia de algunos, todavía otros siguen empecinados en culpar únicamente de la presente situación sanitaria a la falta de controles y medidas de los gobiernos autonómicos y central, a la administración en general. Sin quitar un ápice de responsabilidad a las instituciones, que también han de adoptar medidas más eficaces, nadie dude de que el problema hunde sus raíces en la actuación irresponsable de algunos ciudadanos –no sé si muchos o pocos-.

Toda una vida dedicada a la inculcación a nuestros jóvenes- que con el tiempo se han hecho mayores- de la asunción de la responsabilidad por lo común, para obtener tan baja puntuación en los momentos más difíciles. A lo mejor es que hemos insistido poco. O no lo hemos hecho bien.

 

 

Europa, más fuerte.

 

 

Por fin, se ha desvelado el 21 de este mes la solución económica que debía tomar la Comunidad Europea por la crisis de la pandemia (suelo rehuir el uso del término Covid-19) : Europa se reparte un buen puñado de euros para ayudar, sobre todo, a los países más necesitados del sur.

Desde que surgiera en 1957 la CEE (Comunidad Económica Europea) en virtud del Tratado de Roma, como una confederación de naciones, libres de aduanas y aranceles, y se decretase la libre circulación de bienes y personas en todo el ámbito, no sucedió ningún cataclismo ni crisis profunda, que pusiera a prueba la solidez de esta alianza. Es cierto que todos los países miembros han recibido en diferentes momentos ayudas económicas, susceptibles de entibar y fortalecer las economías nacionales. España, por ejemplo, debe sin duda la modernidad de sus infraestructuras a las generosas reservas, que recibió de Europa. Pero, no es menos cierto que hasta ahora no habíamos padecido una crisis como la actual.

En este doloroso contexto, la respuesta de la CE o UE (Comunidad Europea o Unión Europea) ha sido la adecuada, la que esperaba como europeísta y español, convencido de que Europa se hace día a día con políticas culturales, sociales y económicas de primer nivel, de profundo calado.

Durante esta agonía (lucha o debate, en sentido etimológico), ha quedado probada la existencia de dos actitudes diferentes: la de los llamados “frugales” (por lo de contención del gasto) y la de los contrarios (¿los pródigos?), entre los que estaba España. Tras largos y agotadoras sesiones, las partes han encontrado el equilibrio en la solución que ya sabemos. A fin de cuentas, satisfactoria para ambas partes.

No es” España un problema- decía Ortega- y Europa la solución”. Tampoco es el “inventen ellos” de Unamuno. España es un país de laudatorias cualidades y enojosos vicios, que debe importar en estos momentos la política de equilibrio europea. Podemos enseñar muchas cosas a Europa, pero también debemos aprender con toda humildad la lección de armonía y término medio, el consenso en definitiva, que Europa ha dado a este país.

Tomen nota nuestros jóvenes y legos políticos, sobrados de soberbia adolescente, derechas e izquierdas; tomemos nota, todos.

 

 

 

 

 

 

El 16 de julio.

 

 

 

Ayer,16 de julio, tuvo lugar en el Palacio de Oriente el merecido y obligado homenaje a los fallecidos por la pandemia. Sin duda, había que hacerlo en algún momento pero, en mi opinión, este importante acontecimiento hay que dejarlo abierto simbólicamente, pues son muchas las personas que siguen y seguirán, por desgracia, siendo víctimas mortales de este enemigo invisible.

Al acto, en el que fueron protagonistas los sectores civiles sobre los que gravita el peso principal de esta crisis, asistieron instituciones y adalides europeos, además de nuestras instituciones nacionales y sus representantes, hecho por el que se ha querido reconocer el carácter universal del problema. Pues debe repetirse, aunque sea de Perogrullo, que la pandemia es un asunto global, que ya arroja las delirantes y sufridas cifras de trece millones de infectados y seiscientos mil muertos al día de hoy, en el mundo. ¿No es suficiente para que algunos mandatarios con nombre propio y otros ciudadanos anónimos, se lo tomen de una vez  en serio? ¿O es que no les importa nada la vida de los demás seres humanos e, incluso, la suya propia? Pudiera ser.

Con esta importante actuación se han pretendido varios objetivos: primero, recordar a las víctimas, muchas de las cuales han fallecido en dolorosisimas circunstancias, al faltarles la presencia de sus familiares y allegados en tan señalado tránsito. En su lugar, el personal sanitario ha ejercido una ímproba labor humana, sustituyendo en la medida de lo posible a los caros ausentes. Segundo, visibilizar la dignidad de estas personas, devolverles el honor y la estima de toda la sociedad, consternada por lo ocurrido. Tercero, solidarizarse con el duelo de los familiares de los fallecidos. Y por último, manifestar la unidad del pueblo y de sus instituciones en esta lid, silenciosa y cruenta. Que no se pierda.

Pero al homenaje a todos los caídos sin excepción, e incluso a los que pudieran no estar en las listas oficiales, faltaron las cabezas visibles de algunos partidos, que siempre encuentran una excusa para eludir las grandes responsabilidades de esta democracia. Es una pincelada más, que poco a poco va perfilando ese autorretrato esperpéntico, en que se mueven determinados partidos en España.

 

 

 

 

 

Responsabilidades.

 

 

 

Una de las voces que más se oye en los últimos días es la de Responsabilidad. Desde diferentes asociaciones, grupos de ciudadanos y algún partido político, se están promoviendo querellas y demandas judiciales contra el gobierno central y algún gobierno autonómico, con la finalidad de depurar responsabilidades, si las hubiere, por la gestión que se ha hecho hasta la fecha de la pandemia.

Los ciudadanos no solo tenemos ese derecho petitorio, sino que además nos asiste la obligación de exigir responsabilidades a las autoridades judiciales, si existe la sospecha de que algo no se ha hecho bien durante este difícil y penoso período. Pero, como todo derecho, hay que tener la suficiente cautela a la hora de ejercerlo, pues también está en juego la buena imagen y rectitud del demandado.

No dudo de que la responsabilidad política de los gobernantes habrá de ser examinada con lupa cuando llegue el momento de las elecciones, pues los ciudadanos validarán o no con sus votos las actuaciones de los partidos, y sobre todo, las del gobierno actual. Tampoco pongo en cuarentena las responsabilidades civiles, pues han podido existir actos u omisiones desacertadas, e incluso negligentes, susceptibles de esta clase de responsabilidades. Pero me cuesta mucho -y es naturalmente mi opinión- aceptar la existencia de responsabilidades penales, bien por omisión del deber de socorro, prevaricación, homicidio por imprudencia grave, o cualquier otro tipo penal. No obstante, es indubitable por constitucional que el Tribunal Supremo tendrá la última palabra al respecto.

Pero la responsabilidad por los propios actos no solo debe solicitarse de la clase política, sino que estimo debe también extenderse a la clase popular –permítaseme este maniqueismo-, a los ciudadanos, que somos todos.

Porque se han visto, y se repiten cada día, numerosos ejemplos de grupos que no respetan las normas de profilaxis preceptivas: reuniones de familiares sin ninguna cautela, celebraciones de fiestas a todo trapo, botellones sin distanciamiento ni mascarillas, ocupación masiva de las playas, asalto a los cafés y bares en tropel. La última imagen descabellada ha sido la de un grupo de aficionados, que celebraban desaforadamente el retorno de su equipo de fútbol a primera división.

También, en estos casos, alguien debería ejercer acciones de responsabilidad contra actos de aquella naturaleza, por lo menos, de responsabilidad moral.

Es importante que exijamos responsabilidades, cuando las circunstancias así lo aconsejen. Pero, todos, políticos y ciudadanos debemos aprender de los errores cometidos en el pasado inmediato, para solventar con acierto el problema de la pandemia y salir airosos cuanto antes de esta crisis, que nos sigue asolando.

Eso espero.

 

 

Vuelta a lo mismo.

 

La salida de vehículos de las grandes ciudades durante estos días en busca de las soñadas vacaciones ha sido frenética, incluso desesperada. Cuatro millones y medio de coches colapsaban una vez más las principales vías de salida en la ciudad de Madrid –y pensaba que “de Madrid al cielo”, no al pueblo o la playa-, en dirección a los lugares veraniegos de destino. Y lo mismo puede decirse de Barcelona, Valencia, Sevilla, eso que se ha venido a llamar las metrópolis españolas.

Pero, si por tierra se tomaban las carreteras, por el aire otro tanto ocurría con los aviones. Se han abierto los corredores europeos de turistas, y ya son muchos cientos de vuelos los que se registran cada día en nuestros aeropuertos.

Inopinadamente se ha pasado del encierro doméstico a la desbandada general por tierra, mar y aire. ¡Quién lo diría! Porque el problema de la infección del virus que nos atañe desde Marzo,  incluso antes, aún no se ha resuelto, y por lo tanto, debería esperarse mayor responsabilidad en la población. Los resultados empiezan tempranamente a manifestarse con los primeros rebrotes de contagio, que sin duda aumentarán a medida los ciudadanos incrementen su presencia en las calles, plazas, playas, bares y piscinas de nuestro país.

Pero, todavía no se ha cerrado la gravísima pandemia, y volvemos a repetir desgraciadamente los esquemas de siempre: Largas procesiones de coches a la entrada y salida de las urbes, accidentes mortales en las vías, innumerables aviones repletos surcando los cielos…No hemos salido de una crisis, y nos metemos en otra, aunque sea ya muy antigua. Me refiero al problema de la contaminación, que está generando penosas consecuencias, como es el cambio climático.

Me acuerdo de un terrible y descorazonador dato que encontré hace tiempo en el discurso de ingreso a la Academia de la Lengua del excelente narrador Miguel Delibes. Señalaba que un avión que hace el vuelo de París a New York en seis horas, consume una cantidad de oxígeno equivalente al que realizan 25.000 personas en ese mismo tiempo. Multiplicado ese consumo por los cientos de vuelos diarios, entiendo que el oxígeno sea cada vez más un bien escaso. Por no hablar del efecto invernadero, y en consecuencia, del cambio del clima a nivel mundial.

No me siento optimista ni pesimista. El crudo realismo constata que, a lo mejor, hemos aprendido muy poco durante el confinamiento obligado y necesario de estos tres meses pasados. En resumidas cuentas, que se hace cierto lo de los ejercicios espirituales de mi generación: salíamos con las mejores intenciones, pero al rato aquellos primores de filantropía se diluían, se iban por el desagüe del olvido. ¡Qué lástima!

 

Calles vacías, calles llenas.

 

 

Sin duda, el contraste es notable. Son dos escenarios opuestos, como lo son el cielo inacabable y la tierra finita, el día incólume y la noche oscura.

A la llegada a Alcalá de Henares, la vía Complutense era una larga avenida, solo ocupada por coches aparcados, en la que no había ninguna presencia humana. Allí hube de desplazarme por un deber inexcusable, a principios del mes de abril, cuando el confinamiento estaba en su momento más álgido y la pandemia registraba día tras día elevadisimas cifras de fallecimientos. Todos vivíamos a la sazón aquella situación con verdadera angustia. Quise salirme de la ruta y retrasar, aunque fuese solo por unos minutos, la llegada al punto de destino, por el prurito de ver una vez más el centro histórico de esta espléndida ciudad, Patrimonio de la Humanidad.

La calle Mayor porticada, de viejos y achacosos soportales, se prolongaba alargada en medio de un silencio estrepitoso, solo transida imaginariamente por los numerosos e ilustres personajes de ayer y de hoy (Lope, Quevedo, Nebrija, Cisneros). Rectangular, la plaza Mayor, antaño mercado central, tan solo estaba ocupada por la estatua de D. Miguel de Cervantes, erguido sobre un alto pedestal blanco, y vestido a la usanza de la época dorada de la literatura española. Enfrente, el corral de comedias esperaba mejores días. Tampoco había nadie ante la impresionante fachada de la universidad, que había echado los postigos y cerrado las aulas hasta mejor ver.

La visión del vacío y la soledad que pude percibir en Alcalá, parecería un sueño (onírica), propio de una película, si no fuera que una terrible pandemia había dejado desiertas las calles y las plazas de nuestros pueblos y ciudades.

Ahora, volvemos a salir, ocupar los espacios rurales y urbanos, escuchar el bullicio de los transeúntes, el ruido apacible y desapacible que todas las ciudades del mundo son capaces de producir, en fin. Me imagino que Alcalá ha vuelto a sentir el pulso de la vida, una vez más.

Pero no hay que engañarse: Solos o acompañados, la pandemia aún no ha sido doblegada, por desgracia. Por eso, todos, sin excepción, debemos extremar los cuidados para que esto pase lo antes posible. Los demás, la especie humana, merecen este sacrificio.

 

 

 

Vida insólita.

 

 

Acabamos de recuperar lo que teníamos antes del 14 de marzo, es decir, la vida normal de cada jornada. Se acabó el confinamiento -esperemos que no tenga que repetirse- y salimos a la luz del día con el ánimo de vivir a fondo cada minuto que se nos regala. Como gazapos que salen de la madriguera, husmeamos el viento, algo cálido por estas fechas, y damos titubeantes los primeros pasos fuera del abrigo del cubil.

Todo sigue igual, al menos lo aparente, lo sensual, es decir, lo que nos entra por los cinco sentidos (el kiosco sigue en la plaza, los aleros descalabrados del viejo palacete aún siguen amenazando al viandante…), pero han cambiado algunas cosas anímicamente. Por ejemplo, el duelo inevitable de los fallecidos por la pandemia, la percepción de la prevalencia de la investigación y el desarrollo científico-sanitario, la unción de la unidad de todos contra el enemigo común, la asunción positiva del carpe diem porque no sé qué puede suceder mañana, el aprecio de las buenas gentes solidarias, etc. etc. Esto es lo que le sucede a la mayoría, pienso, en estos momentos de vuelta a la normalidad.

Sin embargo, como recién salidos de los nidales, debemos permanecer atentos, vigilantes, porque el peligro que nos obligó a enclaustrarnos en las casas aún sigue vivo, incluso redivivo, dispuesto a seguir asesinando impunemente.

Y muchas son las formas o maneras como ataca. Por ser breve, las fiestas masivas, botellones y fiestas particulares, suponen un riesgo evidente para la propagación del taimado; las playas atiborradas de bañistas sin orden ni control aumentan las posibilidades de contagio; la utilización masiva del transporte público y privado, al margen de las medidas profilácticas, incrementan el peligro. Y una larga lista, que se obvia.

Tomar las calles, viajar a destinos deseados, encontrarnos con los seres queridos, no es en este delicado momento retomar la vida como hasta ahora lo habíamos hecho. Más bien, es tomar la vida como algo insólito, que obliga a adaptarnos al nuevo estado de cosas y modificar los hábitos pequeños o grandes.

La vida sigue estando en juego.

 

 

 

 

 

 

 

Heterodoxias.

 

Los períodos críticos, como el que estamos viviendo, parece que son propensos a los deliquios de algunos. Es verdad que la acumulación de acontecimientos adversos, las plagas, pandemias, guerras, asesinatos, han sido aprovechados por personas extremas para propalar al mundo extrañas y falaces opiniones, con la intención de crear aún más confusión, miedo, o macabra adicción al bulo. Pero no está justificado, al menos, moralmente.

Entre las últimas doxas, propagadas a propósito de la pandemia, figuran la de que las vacunas en vías de investigación son una carga del diablo porque utilizan células de fetos humanos preparados exprofeso para esto, o de que llevan incorporadas mecanismos secretos para controlar la acción de las personas y, por lo tanto, someter la libertad a las instrucciones de Bill Gates, por ejemplo, u otro plutócrata de turno.

No faltan tampoco quienes niegan la existencia misma de la pandemia, tratándola como una simple “gripecilla” de poca monta, o reduciendo el número de fallecidos a niveles muy por debajo de la realidad -¡ojalá fuese verdad!-.

Lo cierto es que hay un grupo de personas (¿locos, insensatos, dogmáticos, ignorantes, faranduleros, charlatanes, embusteros, radicales, protervos, bergantes, ingenuos…?), que aprovechan este duro período para extender el caldo de sus sutiles doctrinas.

No hay otro camino ante esta cuestión que el seguimiento de la Ciencia y la aceptación de las razones de los científicos. Nada tiene que ver la Medicina ni la investigación del siglo XXI con la que se practicaba en época cervantina (aún se sacaban las muelas con tenazas), ni en tiempos del padre B. Feijoo (“el Arte médico todavía está muy imperfecto”). En la actualidad, la ciencia, entendida como suma de conocimientos empíricos, es decir, probados mediante la experiencia, y organizados en categorías universales, ha alcanzado un alto nivel, y por lo tanto, es el instrumento más idóneo para doblegar y vencer esta enfermedad mortal. Por si fuera poco, la OMS, institución de la ONU para el control y seguimiento de las enfermedades mundiales, avala y resume aquel desarrollo científico-sanitario

Hay que combatir desde la razón los falsos cantos de sirena. Las opiniones o creencias personales de los legos o advenedizos no interesan. Ahora, démosle la voz a la Ciencia, que a buen seguro nos sacará de esta, más pronto que tarde.

La unidad nos hace fuertes.

 

 

El próximo 21, a las 00,00 h.,  acaba el estado de alarma y, por lo tanto, algunas medidas restrictivas que se han aplicado durante este período. Especialmente notable será la libre circulación de todos los ciudadanos a través del territorio, lo que supone la devolución de este derecho básico, suspendido que no eliminado, por mor de la necesidad sanitaria.

Acaba una manera especial de aplicación de la Constitución, pero no una forma de vida, pues las normas preventivas de contagio deben seguir aplicándose porque la infección y enfermedad provocados por el funesto virus aún no se han eliminado desgraciadamente. Es más, a partir del 21, será urgente extremar la praxis sanitaria a que nos hemos acostumbrado, porque las actividades sociales, laborales y lúdicas aumentarán las probabilidades de contagio.

Puede afirmarse con toda rotundidad que el éxito de la reducción del contagio ha sido/sigue siendo la irreprochable unidad de todos los españoles en el seguimiento generalizado del confinamiento. Excepciones ha habido, pero, por fortuna, pocas. Las familias, agrupadas bajo el signo de la lucha contra el aislamiento del virus mortal, unidas en torno a esa bandera anti-muerte, asumimos las tareas caseras, siendo capaces de desplegar toda clase de acciones para atender las necesidades intramuros (educación de hijos, atención a sus necesidades, tareas laborales, compartimiento de vida…).

Sin embargo, hay que decir con dolor y tristeza que la unidad no ha estado presente en los políticos que nos representan. He podido y he querido seguir, mañana y tarde, cada uno de los debates parlamentarios planteados con ocasión de las peticiones del gobierno de prórroga del estado de alarma, y la conclusión siempre la misma: Me atribula la ausencia de unidad. Contraste estrepitoso y amargo entre la unidad del pueblo y la desunión de los políticos.

Recuerdo un suceso aparentemente banal, pero que, bien mirado, no lo es. Todos los días, muchos jóvenes de la cuenca de Langreo nos desplazábamos a Oviedo en autobús para asistir a las clases en la universidad. Una de aquellas mañanas, invernales, noté un soplo de aire gélido por una de las ventanas. Alcé la mano y quise cerrarla, pero el cristal de la ventanilla no se movía. Por detrás, la mano de otro muchacho se sumó a la mía, éramos dos tirando fuerte en la misma dirección, y la ventana por fin se selló. Él comentó: “La unión hace la fuerza”. A pesar del tiempo y del espacio, seguimos siendo buenos amigos.

Llega el momento de la reconstrucción de este país. Llega el momento en que nuestros políticos deben vencer sus debilidades y formar un solo bloque, rocoso como el pedernal, para ir dando soluciones conjuntas al grave problema social y económico de España. Porque la unión nos hace más fuertes y nos impulsa más deprisa hacia la verdadera normalidad. “La unión, -decía mi amigo-, hace la fuerza”.

 

 

 

 

Las colas de la necesidad.

 

 

No hay duda de que el confinamiento que hemos pasado, a punto de acabar, es desde el punto de vista de la epidemiología el medio más eficaz en la lucha contra el mortífero virus. Es una tradición que viene de lejos. En el año de 1348, diez jóvenes de estirpe nobiliaria se encierran intramuros de una suntuosa villa, a las afueras de Florencia, para protegerse de la peste negra, la que entonces provocaron las ratas en toda Europa. Tal es la técnica narrativa que Bocaccio utilizó para escribir uno de los relatos más universales de la literatura, el Decamerón. Lo relevante en este contexto –al margen del valor indubitable del libro- es que el confinamiento ha sido desde siempre el medio profiláctico por excelencia para cortar o reducir la transmisión de los agentes infecciosos.

Pero el grave problema que encierra este acto claustral y necesario es el drama económico y social a que conduce, pues la ausencia temporal del “no ocio” o negocio, fuente de la producción, el trabajo, el empleo, y el bienestar económico, precariza la situación de las personas. Nunca mejor dicho que en el remedio va también el problema.

Al español derecho, quiero decir al hombre de bien, le duele en este momento las colas, a veces muy largas, de personas depauperadas, que solicitan bolsas de alimentos para subsistir. La acción solidaria de parroquias, vecinos espontáneos, diversas organizaciones laicas o religiosas, mitigan en lo posible las necesidades más básicas de tantos damnificados.

Pese a todo, y a los esfuerzos solidarios de muchos españoles, la eficacia de esas acciones no es total sin la intervención de las instituciones públicas. No depende el bienestar social solo de la caridad de personas u organismos comprometidos, sino sobre todo de la actuación de un Estado Social y de Derecho, fuerte y vigoroso.

Hoy es un día para sentirse satisfecho por el desarrollo de la Constitución de 1978, pues se ha aprobado por primera vez en la historia de España una ley de ingreso mínimo vital. Ella servirá para ayudar a los sin nada, a los infortunados que, mire por donde, podemos llegar a serlo todos o casi todos, si un día inesperado las circunstancias se volvieran aciagas.

Una lectura de fondo: Para la aprobación de la ley ha existido casi un consenso de los partidos políticos. Si esto se repitiera mañana y pasado, se habría conquistado la unidad política necesaria para encarar con más posibilidades de éxito la reconstrucción del Estado. Entonces, sí, habría otra razón para sentirnos, por dos veces, satisfechos.

 

 

Cuando se es joven.

 

Vienen a la memoria los versos autobiográficos de Jaime Gil de Biedma, que dicen:

“Que la vida iba en serio

uno lo empieza a comprender más tarde

-como todos los jóvenes, yo vine

a llevarme la vida por delante”.

No es el momento de lamentar el paso del tiempo, pero yo también fui joven. Tenía todas las bondades y defectos de los jóvenes de mi generación, pero era común a todos la convicción de que la muerte no iba con nosotros. Como si fuese un fantasma, ni siquiera nos planteabamos su existencia. En todo caso, eso habría de suceder cuando el invierno cubriera de nieve nuestras vidas, ya muy tarde.

La primera vez que me di cuenta de que la vida no hay que tomarla a broma fue el fallecimiento de un amigo. Luego se encadenaron otras dolorosas ausencias, como la de mi padre y, poco a poco, tomé conciencia de que la muerte es la otra cara real de la vida. La experiencia nos va colocando en nuestro sitio.

No queda mucho para que los ciudadanos salgamos del actual estado de alarma. Volveremos entonces a tener  una vida “normal”, aunque esa normalidad no coincida con la que teníamos antes de la pandemia. Quiero decir, la libertad plena que se va a recobrar -y no es que se haya perdido, sino que se ha matizado en algunos puntos- deberá ir acompañada de restricciones personales y colectivas. En una palabra, ahora más que nunca es y será necesario el esfuerzo escrupuloso de toda la población para evitar el contagio del virus, y, por lo tanto, la evitación de sus funestas consecuencias. Al menos, mientras la vacuna redentora no se haya descubierto.

Todos y los jóvenes, especialmente, dotados de muchas buenas cualidades, pero faltos la mayoría de experiencias vitales, debemos estar atentos en los próximos días, meses, para no caer en la apatía, la indolencia o la irresponsabilidad. No más botellones, ni tumultos, ni algarabías, pues la vida va en serio, como escribía el poeta.