Grandas-Fonsagrada (III).

Ya en el exterior de la casa rectoral y antes de entrar en la casona, son varios los atractivos etnográficos.

      El hórreo y la panera aparecen superpuestos. Se trata de construcciones muy antiguas, cuyos orígenes están por determinar en la historia.  A grandes rasgos son piezas de madera cuadrangulares(el hórreo) o rectangulares (la panera), que se aíslan del suelo mediante macizas columnas de madera truncadas, llamadas pegoyos, y se acaban en techos bien de madera o pizarra, e incluso en paja de centeno o brezo, generalmente a dos aguas o a cuatro, como es el caso de los dos casos expuestos en el museo. El cajón se cierra por los lados con tablas de madera, las colondras, y uno de sus lados abre una puerta de acceso al hórreo. Se asciende desde el suelo a través de una escalera de piedra, denominada subidoria, que se corta antes de enlazar con el corredor de acceso. Esta técnica, así como la disposición de lajas planas sobre los pegoyos, o muelas, impide que las sierpes y roedores se cuelen en el interior y den cuenta de las viandas y granos allí depositados a modo de silo. Tanto el hórreo como la panera constituyen construcciones rurales esenciales para el almacenamiento y conserva de todas las variedades cerealísticas e incluso de los productos derivados de la matanza del cerdo. A menudo, se veía, hoy ya menos, a los vecinos de la aldea hacer corro debajo del hórreo para conversar de la cotidianidad.

     A su lado, dormita el balagar o meda, según el bable de que se trate, a modo de una anciana vestida con faldón ancho. Es la hierba seca sujeta alrededor de un palo alto de castaño, y que sirve de forraje a los animales durante el invierno. Puede resultar un rincón recóndito para los niños que juegan al escondite, y no ha sido extraño que en su interior algunos gatos o ratones preparen sus cubiles para parir a las crías.

      Una pieza fundamental de la vida aldeana ha sido el molino hidraúlico. No hay concejo asturiano que no tenga un molino pues la producción de la molienda de harina ha sido siempre una necesidad básica. El molino del museo es una fiel reproducción, que además, se alimenta de un arroyo que corre por el recinto, hasta el punto de que al pasar a su interior el olor de la harina molida llena agradablemente la estancia. Resulta una aspiración fresca y pura de la esencia aldeana. Detrás, la casa del molinero.

   Otros artilugios son el batán, menos frecuente que los molinos; un pozo de agua, sobre todo necesario durante los períodos estivales como agua de boca; el cortín, fábrica circular de piedra, de paredes altas, que protege la miel de los ataques de los osos y otros animales; y detrás de la casona, un cabazo, otra variedad morfológica del hórreo para guardar los alimentos. Por último, la ermita completa este cuadro vivo de la aldea asturiana. La vida del campesino ha estado siempre muy vinculada a los actos religiosos, de modo que no se entiende el pasado sin la presencia de la iglesia o templo. En este caso, la ermita tiene el interés añadido de que las vigas del techo y el retablo han sido traídos de la capilla de Salime, anegada por las aguas del embalse.

Hórreo

Balagar o Meda

Molino

   La casona es el otro recinto construido en 1999 dentro del museo, aunque tiene materiales procedentes de una casa del siglo XVII. Es una casa señorial de tres plantas, con portal de arco de medio punto, balcón central y escudo nobiliario sacado de otra casa. Aunque, el modelo se repite en muchas localidades del occidente asturiano, no es sin embargo representativa de ninguna de las morfologías populares al uso como pueden ser las casas de corredor, las mariñanas etc.

     Dispone la planta baja de una barbería con dos sillones revejidos ante dos espejos de gran tamaño, y un mueble aderezado a la pared con todos los utensilios de la profesión; al otro lado del tabique, una sastrería de color ambarino muestra los trajes de la época, telas cuidadosamente enrolladas, patrones y diplomas de honor concedidos al donante de este valioso establecimiento, el último sastre del concejo de Salime, que falleció en 1997. Al lado, la abacería o tienda despierta los recuerdos. Se trata de esas tiendas en que se arremolinaban todos los objetos pensables y, como no cabían todos en el espacio común, aun se colgaban del techo las cuerdas, calzas, cestas, cadenas, cuerdas, sombreros u otros por el estilo.

      En la planta alta, hay varias estancias, la de las madreñas, enredos de la pesca y la caza, un pequeño hospital, pero destaca sobre todo por las connotaciones infantiles y el recordatorio de la niñez, la escuela. Las mesas aparejadas, con un tintero por el medio para cargar las plumas, están perfectamente alineadas. Colgando de las paredes mapas de España y Europa y, sobre estos, cuadros de inventores  y pensadores. La mesa del profesor, provista de escribanía, se eleva sobre una tarima, y a su espalda, encima de la pizarra, se muestran los emblemas del régimen de la dictadura franquista, una fotografía manida de la figura del general Franco y a su lado un crucifijo. Así aconteció en España durante casi cuarenta años. En uno de los lados, una vitrina contiene casi todas las enciclopedias en que estudiaban los niños de la época.

 

Sastrería

Tienda

Escuela

Enciclopedias

Hay que volver a salir del museo. Intuyo que algo ha cambiado en el visitante, en el peregrino, probablemente se repita en todos. Es tal la avalancha de recuerdos e impresiones recibidas, que la historia del pasado nos reconcilia con la historia del presente, y nos prepara para hacer la mejor historia del futuro.

 

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De Grandas a Fonsagrada (II).

         La visita al museo es un paseo agradable y emotivo por el pasado de la Asturias rural. Los gremios y sus herramientas, la casona y el medio campesino ocupan un espacio único, a través del cual se va recuperando la memoria de la cultura tradicional de la comunidad asturiana.

      El museo fue creado en 1984 por el vecino José María Naveiras, Pepe el Ferreiru, con la aportación de su propia colección reunida a lo largo de la vida. Luego, este rico patrimonio fue ampliándose con sucesivas donaciones y aportaciones de otros particulares. A partir de 1989, el museo es acogido en la casa rectoral o del cura, rehabilitada para la ocasión, cuya antigüedad se remonta a 1814. Si bien muchos enseres están reunidos en la casa, otros muchos han ido ocupando ámbitos lindantes, sobre todo el de la casona, para conformar al final un espacio de más de 3000 m2.

        Comienza la visita en el cabanón, espacio cubierto de vigas y traviesas de castaño, junto a la casa, donde se guardan los aperos de labranza, especialmente el carro, que era tirado por la fuerza colosal de las vacas uncidas por el yugo. En el otro extremo, un cobertizo de cubierta a un solo agua, recoge el material de las serrerías, y una exposición de madreñas, zueco de madera útil para caminar en zonas de barro y agua.

     La rectoral tiene una planta inferior y otra baja. De todas las piezas, la de mayor calidez es el llar, voz del bable central, o a lareira, bable oriental, que es el sitio preferente de encuentro de toda la familia, sobre todo, durante las largas noches invernales. Es en este rincón, con largo bancos de madera adosados a la pared, chimenea de tiro por donde el humo se embocaba, alacena con vasos y platos, escudillas y otros trebejos anudados a la pared, donde los más mayores, generalmente las abuelas, iban cantando cancioncillas o coplas de amores y penas, o recitaban viejos romances de moras y cristianos. Es en este apacible lugar donde se ha formado la literatura popular asturiana.

El Llar o Lareira

    Un alargado pasillo que sale del llar conduce al salón o cuarto de estar. Una recia mesa de nogal o roble, no se sabe, se sitúa en el centro de la estancia, y alrededor se distribuyen espejos, hornacinas con vasos y platos, un reloj de cuco, y hasta una cama, pues a veces era necesario utilizar esta parte de la casa como dormitorio. Cuelgan de las paredes cuadros familiares y algún otro religioso. El suelo es una tarima de madera y el techo, un vigamen bien dispuesto

     

Salón

    De un lado de la sala se desgaja el cuartín, un pequeño cubículo destinado a dormitorio. Forman la estancia una pequeña cama de madera con colchón de hojas de maíz, una estrecha mesilla sobre la que descansa una palmatoria y una bacín disimulado en un mueble cuadrado, además de otros objetos.

El cuartín

          Y del otro lado, se pasa al telar, donde del lino y lana, materias primas muy importantes en esta zona asturiana, se utilizaban para la confección de todas las prendas de vestir, además de alfombras, mantas y colchas.


                                                                                                                                 Los telares

     En la planta baja de la casa se encuentran diversos oficios o menesteres muy arraigados en la comunidad rural, tales como la fragua o forxa ( eran muchos los útiles de hierro usados en el campo y en la casa, así como la necesidad del herraje de los animales), la carpintería o ebanistería ( idénticas aplicaciones), la cantina y la bodega (de uso sobre todo masculino, pues no debe olvidarse que, a pesar de que la mujer desempeñaba todos los roles en el campo y en la casa, sin embargo determinados espacios comunes estaban reservados al género masculino), y la zapatería ( hasta bien entrado el siglo XIX no existían zapaterías por la pobreza de los lugareños y tenían que valerse de las madreñas y humildes abarcas de cuero).

La forxa o fragua


La tornería y carpintería

La cantina

Bodega

Zapatería

       Una vez en el exterior de la casa, núcleo y origen del museo, aún quedan por visitar la casona y otros aditamentos de enorme valor en la historia de Asturias. Pero, se hará en el apartado siguiente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

De Grandas a Fonsagrada. Una mirada etnográfica (I).

 

     Se entra en Grandas, capital del concejo de Salime, a través de un apacible vedado y un paseo de barandas de madera, entre deleitosos prados y un arroyo que baja alegre sobre la hierba rediviva. Es necesario hacer una pausa bajo los cerezales y robar un trago a la fuente, a estas horas de soledad absoluta, donde nadie pasea ni ningún campesino faena.

    Sorprende el trazado lineal de la pequeña población como paso obligado de los peregrinos, al igual que ocurre en otros lugares del itinerario. Al fondo, en el margen izquierdo de la carretera,  domina el centro de la villa el edificio consistorial, dotado de dos plantas y balcón central sobre el que pende un reloj, recordatorio de las horas en este sencillo pueblo astur, que vive sin prisas.

                       Foto de la emigración

       Algo más adelante, el recogido parque muestra una exposición de fotografías sobre Felipe VI, con ocasión de la visita que aquí realizó cuando Grandas fue nombrada Pueblo Ejemplar de Asturias en 1993. Una de las fotos más atractivas, a la vez que dolientes, enseña a un padre que pasa la mano sobre el hombro del hijo, acariciando su mentón. Los rostros fruncidos, como dos telas descosidas, muestran el dolor que la emigración y la pobreza dibujaron con trazos torcidos en estos lienzos del occidente asturiano. Cerca, en el centro del jardín, hay un  hórreo rodeado de castaños de indias, arces y plataneros como muestra singular de la arquitectura popular. Quedo con la duda de si  se ha traído de algún lugar o se ha construido para la ocasión. Hoy me parecen bellos adornos como boinas dejadas en la entrada del portal, cuando no hace mucho tiempo sirvieron de eficaz granero a los agricultores y abrigo de los chirriantes carros de aldea, que se colocaban debajo de las vigas.

Hórreo en el jardín

Como siempre, no faltan los rapaces que juguetean y llenan de ruido el parque.

  Nada es menor en Grandas, pero dos son los tesoros que esconde el pueblo: la iglesia de San Salvador y el museo etnográfico, tan diferentes por edad y contenidos, pero a la vez tan importantes ambos.

   

Iglesia de San salvador

      El conjunto de la iglesia es desigual pues se han superpuesto varios estilos con el paso de los siglos. La construcción románica de finales del siglo XII comprende la parte porticada que rodea a modo de cinturón todas las fachadas, la portada, que no coincide con la entrada principal, y algún elemento más como las gárgolas y una pila bautismal. Sin embargo, la torre de cuatro campanas, rematada en chapitel de pizarra, data ya del siglo XVII. La planta de una sola nave es de cruz latina.  Dentro, además de un retablo con imágenes barrocas, se han recogido otras de la antigua iglesia de Salime, antes de ser inundado por las aguas del embalse. Pese a todo, no parece romperse la armonía de todo el conjunto.

     Alrededor de la iglesia, se abre una ceñida plaza y algunas calles y travesías donde los peregrinos descansan.

    En un giro, encarada la calle del Ferreiru, se dispone una fachada de piedras bien prietas con un tejadillo de pizarra y un portalón de madera. Estamos a punto de entrar en el museo etnográfico más importante del occidente asturiano, probablemente de Asturias, quién sabe si de España, pero el bosquejo viene después.

 

 

 

 

De Berducedo a Grandas de Salime (II)

 

 

         Desde Buspol hasta el encuentro con el dique del embalse de Grandas, la bajada es continua y desigual. En los primeros tramos la traza de la pendiente es suave y el sendero ancho. La vegetación rala, formada por brezos, arbustos y otras especies montaraces, que han de aguantar los rigores del sol en el verano y las embestidas de los vientos y las lluvias en el otoño o invierno. Entre Buspol y el embalse median unos setecientos metros que se han de salvar en siete kilómetros, circunstancia que ha determinado que el camino culebree, dejando un reguero de pliegues y curvas retorcidas como cuellos de cisnes.

                    Río Navia

    Pronto se deja ver entre las sierras y en las faldas de los montes, metido en lo más profundo del surco abierto entre las montañas, el majestuoso río Navia, protagonista de esta parte de la etapa. No lo perdemos de vista casi en ningún momento. Se dice que el Navia es el río de los tres caminos de Santiago porque al nacer en el alto del Cebreiro, en Lugo, toca el Camino Francés; aquí, ya en el fragor de Asturias, engancha con el Camino Primitivo; y más adelante, en su desembocadura en el Cantábrico, cuando se marida con el mar para formar la ría de Navia, bañan sus aguas el Camino del Norte. Es un duende travieso y ubicuo.  

     Echaba de menos la lluvia. En un momento, principia a llover sobre estos cordales. El agua inunda poco a poco el paisaje, que clama ya por algunas gotas que rieguen el suelo y alimenten todo lo que crece. Se hace de repente una cristalina cortina que emborrona el horizonte. En la lejanía se divisan las puntas de las cumbres  y algunas manchas blancas y grises que fueron las casas de los obreros que trabajaron en la construcción de la presa de Grandas. Más cerca, el camino se pierde en un bosque de coníferas que sonríen con la caída del agua. Pero siempre, siempre, el río serpentea sobre el fondo del fragoso barranco que lo acoge en su regazo. 

       Un detalle etnográfico despierta la atención en este paraje singular. A un lado del camino, en la misma ladera del monte, como un ruedo empequeñecido sin arena, se aquieta un cortín. Es una empalizada circular de pizarra de dos o tres metros de altura, construido para proteger de los osos y otros peligros los panales de miel, que fueron un importante recurso económico de la zona. Los cortines son propios de las montañas occidentales de Asturias y Galicia desde hace siglos.

     Por fin se entra en la senda de El Castañar, y se sale de un salto al muro del embalse, obra del arquitecto, además de pintor paisajista de Asturias, Joaquín Vaquero Palacios. Sorprende el colosalismo de hormigón y hierro de la construcción, obra de extraordinarias hechuras, que se inició en la década de los años cuarenta y culminó mediados los cincuenta. Parece que aquí trabajaron durante más de nueve años más de tres mil quinientos obreros, en su mayoría procedentes de Andalucía, y que se tuvieron que levantar de la nada nuevos poblados para darles sustento y abrigo. Justo encima de la carretera que atraviesa la presa, en el margen derecho, aun se sostienen las ruinas de casas del pueblo de Vistalegre, como recuerdo de aquellos duros y difíciles años.

    

             Embalse de Grandas de Salime 

     El pantano inundó algunos pueblos como era costumbre. Uno de ellos era el pueblo de Salime, que se queda al raso cuando algunos veranos las aguas descienden de nivel. En estas ocasiones, pueden verse la torre desvencijada de la iglesia, los muros del cementerio contiguo, algunas casas desdentadas y el puente por el que cruzaban los peregrinos de antaño. Esta aldea resultaba un paso obligado en el Camino de Santiago, y desde aquí se remontaba el río empozado en el angosto cauce hasta llegar al Puerto del Acebo, en las mismas lindes de Galicia. 

      Aun queda un recuesto largo antes de llegar a Grandas. Las ramas y frondas de los árboles a pie de ruta crean dibujos en el suelo, ahora que el sol ha vuelto a brillar, y dan paso entre los espacios francos a la visión fantástica de la superficie del agua, donde los montes bajan a mirarse. Por fin, se sale a un solitario campo con mesas de madera y cerezos, donde un sendero con balaustres de madera nos ha de llevar a la entrada de Grandas. Todavía queda una mirada furtiva a la fuente, que nos ha de saciar la sed de esta Asturias milenaria y mágica.

 

                   Fuente a la entrada de Grandas de Salime

 

 

 

                                                                                    

De Berducedo a Grandas de Salime. Sobre el espejo de las aguas(I).

                                    Berducedo

      Berducedo es un cogollo de casas grises, que se apretujan en un valle encumbrado por los picachos de las sierras. Me los imagino albos, como pieles de armiño, cuando empiecen a caer del cielo las primeras nieves del invierno. A estas alturas ya se ha hecho familiar el contraste inédito entre los grisáceos de los muros y tejados de las casas o cuadras y el fondo verde de los prados y de las sierras, que cierran estos paisajes del occidente asturiano.

     Hubo aquí en el siglo XIII un Hospital de peregrinos que llegó incluso a acoger a malatos o leprosos desechados, pues estas alturas limpias podían servir como paliativos a esta clase de enfermos desahuciados por el resto de la sociedad. De aquella obra, solo se conservan tres o cuatro piedras, que han ido a parar no sé cómo al jardín de una de las casas de la localidad en forma de un ventanuco. Aun se tiene constancia de la malatería en el siglo XVIII.  Algo más adelante, la iglesia de Santa María, rústica traza del siglo XIV, se fija a un solar que ya pudo haber sido antes de la llegada del cristianismo un lugar sagrado. A su lado, se levanta un bello ejemplar de tejo o teixu, que confirma la sacralidad del suelo pues además de conciliar la vida de los vecinos los días de domingo, después de haber oído misa, se cree que el tejo tenía para los celtas connotaciones religiosas, dada la longevidad y la naturaleza de su savia. 

                    Cuerno de la luna en Berducedo  

    Una última vista atrás, y despedimos desde lo alto a esta apacible aldea, a cuyos lados pacen los ganados con la mansedumbre contagiada de sus amos. Los rebaños se dispersan a ambos lados del camino, unos formados por vacas roxes y otros por las frisonas, una raza especialmente productora de mucha leche, que se trajo de Suiza por su rápida adaptabilidad a Asturias.

   

                             Entre Berducedo y A Mesa

      Retornan las cuestas prolongadas por no cambiar la costumbre, así es que debe tomarse la andadura con tranquilidad y paciencia. Subidas y bajadas en suave balanceo, a través de pinares y prados, nos conducen a la población de A Mesa, que se despereza oblonga en las mismas faldas de un monte. A la salida, se levanta en medio de una extensa campera, protegida por vallas de madera, la iglesia parroquial de Santa María Magdalena, de finales del siglo XVII. Es un adusto recinto de una sola nave con ábside y techo interior de madera, y de lajas de pizarra en el exterior. Aquí se celebra a finales de junio, durante la festividad de San Pedro, una entretenida romería al estilo más astur, en que se reparte gratuitamente la carne y la sidra entre los comensales. Antes, se ha dejado a la derecha la aldeita de A Figueirina, una hilera de casas montaraces muy cuidadas.

     Se sube por una cuesta muy exigente hasta alcanzar el pico de Buspol. Después, un breve y descansado descenso deja al peregrino a los pies del caserío de Buspol. Desde esta atalaya natural las vistas del paisaje son impresionantes. Más acá, en el hondón del valle, se aprietan diminutos puntos blancos que constituyen la villa de Grandas. Parece muy cercana. Más allá, se prolongan los cordales y lo serrijones en delicado aleteo como aves que surcaran esta parte silente y olvidada. El cielo queda franco y las nieblas, muy abundantes, se han diluido poco a poco hasta dejar un horizonte claro que permite contemplar incluso las tierras avanzadas de Galicia. A la salida, guiados por un sendero marcado por formidables lajas de pizarra ancladas al suelo a modo de hitos, sale al camino una sencilla ermita, conocida como la capilla de Santa Marina de Buspol. Su armadura la forman tres paredes de piedra deshilachada, una desvencijada puerta doméstica y una espadaña hueca, que mira a un lado de la ermita. Parece que esta humilde construcción formó parte de un Hospital de peregrinos. 

   A partir de Buspol, la bajada hasta Grandas de Salime despierta y alienta los sentidos como solo la belleza de esta  exquisita naturaleza sabe hacerlo. 

 

                    Entre A Mesa y Buspol

 

 

   

 

    

 

   

    

    

Pola de Allande-Berducedo (II).

 

      Se abandona Pola de Allande en dirección al puerto del Palo, a 1146.m de altura, del que se cuenta que es un duro y bravío puerto. Debe sufrirse la cuneta de la carretera en los primeros tramos del camino hasta el desvío por otra vía ya rural.

                        Al fondo, el puerto del Palo

      Sin dejar nunca de ascender, esta parte inicial resulta suave y encantadora hasta llegar al caserío de La Reigada. El río Nisón baja cantarín, mientras que el peregrino sube con aires sobrios; uno y otro no dejan de flirtear hasta bien entrada la cima, donde el río se vuelve arroyo para nacer entre las peñas del Palo. Este valle abierto por las aguas no deja de sorprender venturosamente. Serpentea el camino entre formidables castaños, prados undosos ocupados por vacas y carneros, alguna villoría solitaria, y regatos que se pierden en el tajo del río. Por encima, pespuntan las sierras que se recortan en el cielo gris, a estas horas nublo, aunque los rayos aprovechan leves resquicios para colarse y llevar la luz intensa a lo más profundo de la vaguada. La Reigada, diminuto cantón, pone fin a la liviana subida y marca el principio del duro y continuo ascenso.

      A medida se va ganando altura se deja sentir más frescura y el paisaje, que abandona la verdura de los bosques, se vuelve más ralo para dejar paso a los brezos, retamas y algún que otro roble y quejigo. Poco a poco, entre resuellos y breves descansos, se presiente el llano del puerto y, por fin, se sale al alto del Palo en medio de redondas bolsas de niebla, que se desparraman por diferentes lugares en caprichosas formas. Por uno de los lados, viene un camino procedente de la ruta de los Hospitales, la que se ha tomado en  Borres, y ambas sendas se juntan aquí para iniciar la bajada en busca de los pueblos siguientes.   

      

              Puerto del Palo

     La planicie del puerto es áspera y fragosa, apenas un manto verde recubre un suelo pedregoso, castigado por las duras inclemencias del invierno y por el azote de los vientos. Resulta difícil imaginarse antaño el paso de los peregrinos por estos inhóspitos pagos donde, además del mal tiempo, corrían alimañas salvajes que sin duda ponían en peligro cualquier forma de vida existente. Ahora, solo se observan una manada de caballos que se muestran incómodos ante nuestra presencia. Cuando se dispersan los cendales de niebla, la mirada se pierde en el horizonte infinito, plegado de sierras y cordales, que profetizan el fin de estas hermosas tierras astures y el orto de las otras gallegas. Las gentes de por aquí dicen que a partir del Palo ya las cosas son de otra manera, quieren decir que del Palo para abajo todo se galleguiza, tanto que, incluso la lengua asturiana o bable occidental, romance vernáculo de esta parte, se mezcla con el gallego de la vecina región para dar paso a un mestizaje lingüístico o de frontera. 

     La bajada, convertida casi en un canchal,  es cada vez más inclinada y vertical, hasta que se encuentra la entrada al pueblo de Montefurado, donde se dice que existió otro hospital de peregrinos. Es una corta hilera de casas de piedra y techos de pizarra, donde ya no queda nadie para contar qué fue de su pasado. Solo el viento interrumpe el silencio de este lugar. Montefurado se traduce como “el monte agujereado” porque así sucedió desde la época castrense y, sobre todo, durante el período de la expansión romana. Cerca de la zona existe el lugar conocido como la Fana de la Freita, un monte puesto patas arriba a la manera de un hachazo que se hendiera en su cabeza, y que ocurrió porque los romanos agujerearon su interior para inyectar agua a gran altura, de forma que el monte se deshacía como tierna mantequilla. Luego, el mismo agua arrastraba el aluvión de piedras, algunas de las cuales eran verdaderas pepitas de oro. Gran parte del occidente asturiano resultó un fértil yacimiento de oro, cuya prospección y producción aún coleó en el siglo XX. Desde este camino primitivo pueden verse las heridas abiertas a los montes, que fueron provocadas desde tiempos antiguos.

            Tajos de antiguos yacimientos de oro

           Ya por un sendero más llano, se sale a la aldea de Lago, recoleto caserío de arquitectura popular, basada en el empleo de la pizarra pues es un mineral extendido en la zona. Todos los tejados de las casas muestran la presencia de este noble material.

           Y desde Lago, se desciende suavemente a través de algún bosque poblado de pinos, hasta la localidad de Berducedo, un paraje grácil y armonioso, que invita al descanso más reparador.         

 

           

                                                          Lago

 

Pola de Allande-Berducedo. Puerto arriba (I)

                         Ayuntamiento de Pola de Allande

       Alojada en el fondo del valle se asienta la Pola de Allande, alargada villa de origen medieval, de la que no existen vestigios de aquel importante pasado. En torno al noble y porticado Ayuntamiento de principios del siglo XX  se amartelan las casas, solo separadas por el río Nisón, mientras que en las gradas se dispersan algunas casonas indianas y otras autóctonas de trazas desiguales. Ya en lo más alto del cerro, guardián celoso de la villa, se eleva la mole del palacio de Cienfuegos, que bien parece una fortaleza por las tres torres y los muros que las unen.  Los alrededores lo forman los prados, conciliados con los bosques, que se acercan a las haldas de los montes y las sierras. El conjunto es otra hermosa estampa de Asturias, la más occidental y escondida de todas cuantas hay.

       No pudo tampoco librarse esta población del azote de la emigración, cuyas páginas dramáticas se recuerdan en los monumentos al emigrante, situado uno en un extremo de la villa, y otro más modesto de 1970, levantado junto a la iglesia parroquial de San Andrés, de fábrica del siglo XVI con una portada y torre de tres cuerpos, dotada de espadaña y chapitel. Como en otros municipios, algunos de sus hijos volvieron a sus pueblos y construyeron casas de indianos, palacios de paradisiaca belleza que, diferentes de la tradicional arquitectura popular asturiana, vinieron con el tiempo a formar parte de ella atenuándose los contrastes. Son acabados ejemplos la casa de Las Veigas o la casona de los Olalla.

                        Monumento al emigrante

      Una de las riquezas de la Puebla es la abundancia de avellanos, que se dispersan por los caminos o se arraciman en sotos separados. Es tal la densidad de este arbusto en la zona que las fiestas que se celebran a principios de septiembre lo hacen bajo la advocación de la Virgen del Avellano. La tradición obliga a que la imagen de la Virgen sea bajada desde la ermita en que se encuentra todo el año hasta la iglesia parroquial, acompañada por una comitiva que la transporta en andas. Luego llegan las canciones populares o las letrillas nacidas en torno a este acontecimiento, como la que recuerda al mozo olvidadizo por parte de la mujer enfadada que “tú fuiste a la romería y no me traxiste nada; ni una ablana (avellana) turrada ni una mala rusquía (rosquilla)”.

       A esta Virgen se le atribuye el milagro de la curación del romero francés que iba para Santiago.  Como tantos peregrinos expuestos a toda clase de riesgos, cayó enfermo sin que nadie diera con la razón de la dolencia. Solo a un religioso del monasterio de Obona, según unos, o de Corias, según otros, se le ocurrió pedir a la Virgen del Avellano la sanación del peregrino, y así fue satisfactoriamente atendido devolviéndole la salud perdida. Como consecuencia y en señal de agradecimiento el peregrino rezó a la Virgen el resto de sus días.

     No debe pasar desapercibida, por último, la placa conmemorativa colocada en uno de los lados de la iglesia, que recuerda el pasado bizarro de los allandeses. Corría el año de 1569 cuando más de un centenar de nativos se reunieron a toque de campana en Junta General para decidir la independencia de la jurisdicción de la familia de los Cenfuegos, saga nobiliaria que no mantenía buenas relaciones con la vecindad. Esta pugna se prolongó durante la época siguiente, hasta que en 1774 el pueblo fue obligado contra su voluntad a someterse al gobierno de los nobles. Pero, a pesar de los hechos consumados, Allande recuerda a sus antepasados como hermanos valerosos.

                                 Placa conmemorativa de 1569