De Berducedo a Grandas de Salime (II)

 

 

         Desde Buspol hasta el encuentro con el dique del embalse de Grandas, la bajada es continua y desigual. En los primeros tramos la traza de la pendiente es suave y el sendero ancho. La vegetación rala, formada por brezos, arbustos y otras especies montaraces, que han de aguantar los rigores del sol en el verano y las embestidas de los vientos y las lluvias en el otoño o invierno. Entre Buspol y el embalse median unos setecientos metros que se han de salvar en siete kilómetros, circunstancia que ha determinado que el camino culebree, dejando un reguero de pliegues y curvas retorcidas como cuellos de cisnes.

                    Río Navia

    Pronto se deja ver entre las sierras y en las faldas de los montes, metido en lo más profundo del surco abierto entre las montañas, el majestuoso río Navia, protagonista de esta parte de la etapa. No lo perdemos de vista casi en ningún momento. Se dice que el Navia es el río de los tres caminos de Santiago porque al nacer en el alto del Cebreiro, en Lugo, toca el Camino Francés; aquí, ya en el fragor de Asturias, engancha con el Camino Primitivo; y más adelante, en su desembocadura en el Cantábrico, cuando se marida con el mar para formar la ría de Navia, bañan sus aguas el Camino del Norte. Es un duende travieso y ubicuo.  

     Echaba de menos la lluvia. En un momento, principia a llover sobre estos cordales. El agua inunda poco a poco el paisaje, que clama ya por algunas gotas que rieguen el suelo y alimenten todo lo que crece. Se hace de repente una cristalina cortina que emborrona el horizonte. En la lejanía se divisan las puntas de las cumbres  y algunas manchas blancas y grises que fueron las casas de los obreros que trabajaron en la construcción de la presa de Grandas. Más cerca, el camino se pierde en un bosque de coníferas que sonríen con la caída del agua. Pero siempre, siempre, el río serpentea sobre el fondo del fragoso barranco que lo acoge en su regazo. 

       Un detalle etnográfico despierta la atención en este paraje singular. A un lado del camino, en la misma ladera del monte, como un ruedo empequeñecido sin arena, se aquieta un cortín. Es una empalizada circular de pizarra de dos o tres metros de altura, construido para proteger de los osos y otros peligros los panales de miel, que fueron un importante recurso económico de la zona. Los cortines son propios de las montañas occidentales de Asturias y Galicia desde hace siglos.

     Por fin se entra en la senda de El Castañar, y se sale de un salto al muro del embalse, obra del arquitecto, además de pintor paisajista de Asturias, Joaquín Vaquero Palacios. Sorprende el colosalismo de hormigón y hierro de la construcción, obra de extraordinarias hechuras, que se inició en la década de los años cuarenta y culminó mediados los cincuenta. Parece que aquí trabajaron durante más de nueve años más de tres mil quinientos obreros, en su mayoría procedentes de Andalucía, y que se tuvieron que levantar de la nada nuevos poblados para darles sustento y abrigo. Justo encima de la carretera que atraviesa la presa, en el margen derecho, aun se sostienen las ruinas de casas del pueblo de Vistalegre, como recuerdo de aquellos duros y difíciles años.

    

             Embalse de Grandas de Salime 

     El pantano inundó algunos pueblos como era costumbre. Uno de ellos era el pueblo de Salime, que se queda al raso cuando algunos veranos las aguas descienden de nivel. En estas ocasiones, pueden verse la torre desvencijada de la iglesia, los muros del cementerio contiguo, algunas casas desdentadas y el puente por el que cruzaban los peregrinos de antaño. Esta aldea resultaba un paso obligado en el Camino de Santiago, y desde aquí se remontaba el río empozado en el angosto cauce hasta llegar al Puerto del Acebo, en las mismas lindes de Galicia. 

      Aun queda un recuesto largo antes de llegar a Grandas. Las ramas y frondas de los árboles a pie de ruta crean dibujos en el suelo, ahora que el sol ha vuelto a brillar, y dan paso entre los espacios francos a la visión fantástica de la superficie del agua, donde los montes bajan a mirarse. Por fin, se sale a un solitario campo con mesas de madera y cerezos, donde un sendero con balaustres de madera nos ha de llevar a la entrada de Grandas. Todavía queda una mirada furtiva a la fuente, que nos ha de saciar la sed de esta Asturias milenaria y mágica.

 

                   Fuente a la entrada de Grandas de Salime

 

 

 

                                                                                    

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De Berducedo a Grandas de Salime. Sobre el espejo de las aguas(I).

                                    Berducedo

      Berducedo es un cogollo de casas grises, que se apretujan en un valle encumbrado por los picachos de las sierras. Me los imagino albos, como pieles de armiño, cuando empiecen a caer del cielo las primeras nieves del invierno. A estas alturas ya se ha hecho familiar el contraste inédito entre los grisáceos de los muros y tejados de las casas o cuadras y el fondo verde de los prados y de las sierras, que cierran estos paisajes del occidente asturiano.

     Hubo aquí en el siglo XIII un Hospital de peregrinos que llegó incluso a acoger a malatos o leprosos desechados, pues estas alturas limpias podían servir como paliativos a esta clase de enfermos desahuciados por el resto de la sociedad. De aquella obra, solo se conservan tres o cuatro piedras, que han ido a parar no sé cómo al jardín de una de las casas de la localidad en forma de un ventanuco. Aun se tiene constancia de la malatería en el siglo XVIII.  Algo más adelante, la iglesia de Santa María, rústica traza del siglo XIV, se fija a un solar que ya pudo haber sido antes de la llegada del cristianismo un lugar sagrado. A su lado, se levanta un bello ejemplar de tejo o teixu, que confirma la sacralidad del suelo pues además de conciliar la vida de los vecinos los días de domingo, después de haber oído misa, se cree que el tejo tenía para los celtas connotaciones religiosas, dada la longevidad y la naturaleza de su savia. 

                    Cuerno de la luna en Berducedo  

    Una última vista atrás, y despedimos desde lo alto a esta apacible aldea, a cuyos lados pacen los ganados con la mansedumbre contagiada de sus amos. Los rebaños se dispersan a ambos lados del camino, unos formados por vacas roxes y otros por las frisonas, una raza especialmente productora de mucha leche, que se trajo de Suiza por su rápida adaptabilidad a Asturias.

   

                             Entre Berducedo y A Mesa

      Retornan las cuestas prolongadas por no cambiar la costumbre, así es que debe tomarse la andadura con tranquilidad y paciencia. Subidas y bajadas en suave balanceo, a través de pinares y prados, nos conducen a la población de A Mesa, que se despereza oblonga en las mismas faldas de un monte. A la salida, se levanta en medio de una extensa campera, protegida por vallas de madera, la iglesia parroquial de Santa María Magdalena, de finales del siglo XVII. Es un adusto recinto de una sola nave con ábside y techo interior de madera, y de lajas de pizarra en el exterior. Aquí se celebra a finales de junio, durante la festividad de San Pedro, una entretenida romería al estilo más astur, en que se reparte gratuitamente la carne y la sidra entre los comensales. Antes, se ha dejado a la derecha la aldeita de A Figueirina, una hilera de casas montaraces muy cuidadas.

     Se sube por una cuesta muy exigente hasta alcanzar el pico de Buspol. Después, un breve y descansado descenso deja al peregrino a los pies del caserío de Buspol. Desde esta atalaya natural las vistas del paisaje son impresionantes. Más acá, en el hondón del valle, se aprietan diminutos puntos blancos que constituyen la villa de Grandas. Parece muy cercana. Más allá, se prolongan los cordales y lo serrijones en delicado aleteo como aves que surcaran esta parte silente y olvidada. El cielo queda franco y las nieblas, muy abundantes, se han diluido poco a poco hasta dejar un horizonte claro que permite contemplar incluso las tierras avanzadas de Galicia. A la salida, guiados por un sendero marcado por formidables lajas de pizarra ancladas al suelo a modo de hitos, sale al camino una sencilla ermita, conocida como la capilla de Santa Marina de Buspol. Su armadura la forman tres paredes de piedra deshilachada, una desvencijada puerta doméstica y una espadaña hueca, que mira a un lado de la ermita. Parece que esta humilde construcción formó parte de un Hospital de peregrinos. 

   A partir de Buspol, la bajada hasta Grandas de Salime despierta y alienta los sentidos como solo la belleza de esta  exquisita naturaleza sabe hacerlo. 

 

                    Entre A Mesa y Buspol

 

 

   

 

    

 

   

    

    

Pola de Allande-Berducedo (II).

 

      Se abandona Pola de Allande en dirección al puerto del Palo, a 1146.m de altura, del que se cuenta que es un duro y bravío puerto. Debe sufrirse la cuneta de la carretera en los primeros tramos del camino hasta el desvío por otra vía ya rural.

                        Al fondo, el puerto del Palo

      Sin dejar nunca de ascender, esta parte inicial resulta suave y encantadora hasta llegar al caserío de La Reigada. El río Nisón baja cantarín, mientras que el peregrino sube con aires sobrios; uno y otro no dejan de flirtear hasta bien entrada la cima, donde el río se vuelve arroyo para nacer entre las peñas del Palo. Este valle abierto por las aguas no deja de sorprender venturosamente. Serpentea el camino entre formidables castaños, prados undosos ocupados por vacas y carneros, alguna villoría solitaria, y regatos que se pierden en el tajo del río. Por encima, pespuntan las sierras que se recortan en el cielo gris, a estas horas nublo, aunque los rayos aprovechan leves resquicios para colarse y llevar la luz intensa a lo más profundo de la vaguada. La Reigada, diminuto cantón, pone fin a la liviana subida y marca el principio del duro y continuo ascenso.

      A medida se va ganando altura se deja sentir más frescura y el paisaje, que abandona la verdura de los bosques, se vuelve más ralo para dejar paso a los brezos, retamas y algún que otro roble y quejigo. Poco a poco, entre resuellos y breves descansos, se presiente el llano del puerto y, por fin, se sale al alto del Palo en medio de redondas bolsas de niebla, que se desparraman por diferentes lugares en caprichosas formas. Por uno de los lados, viene un camino procedente de la ruta de los Hospitales, la que se ha tomado en  Borres, y ambas sendas se juntan aquí para iniciar la bajada en busca de los pueblos siguientes.   

      

              Puerto del Palo

     La planicie del puerto es áspera y fragosa, apenas un manto verde recubre un suelo pedregoso, castigado por las duras inclemencias del invierno y por el azote de los vientos. Resulta difícil imaginarse antaño el paso de los peregrinos por estos inhóspitos pagos donde, además del mal tiempo, corrían alimañas salvajes que sin duda ponían en peligro cualquier forma de vida existente. Ahora, solo se observan una manada de caballos que se muestran incómodos ante nuestra presencia. Cuando se dispersan los cendales de niebla, la mirada se pierde en el horizonte infinito, plegado de sierras y cordales, que profetizan el fin de estas hermosas tierras astures y el orto de las otras gallegas. Las gentes de por aquí dicen que a partir del Palo ya las cosas son de otra manera, quieren decir que del Palo para abajo todo se galleguiza, tanto que, incluso la lengua asturiana o bable occidental, romance vernáculo de esta parte, se mezcla con el gallego de la vecina región para dar paso a un mestizaje lingüístico o de frontera. 

     La bajada, convertida casi en un canchal,  es cada vez más inclinada y vertical, hasta que se encuentra la entrada al pueblo de Montefurado, donde se dice que existió otro hospital de peregrinos. Es una corta hilera de casas de piedra y techos de pizarra, donde ya no queda nadie para contar qué fue de su pasado. Solo el viento interrumpe el silencio de este lugar. Montefurado se traduce como “el monte agujereado” porque así sucedió desde la época castrense y, sobre todo, durante el período de la expansión romana. Cerca de la zona existe el lugar conocido como la Fana de la Freita, un monte puesto patas arriba a la manera de un hachazo que se hendiera en su cabeza, y que ocurrió porque los romanos agujerearon su interior para inyectar agua a gran altura, de forma que el monte se deshacía como tierna mantequilla. Luego, el mismo agua arrastraba el aluvión de piedras, algunas de las cuales eran verdaderas pepitas de oro. Gran parte del occidente asturiano resultó un fértil yacimiento de oro, cuya prospección y producción aún coleó en el siglo XX. Desde este camino primitivo pueden verse las heridas abiertas a los montes, que fueron provocadas desde tiempos antiguos.

            Tajos de antiguos yacimientos de oro

           Ya por un sendero más llano, se sale a la aldea de Lago, recoleto caserío de arquitectura popular, basada en el empleo de la pizarra pues es un mineral extendido en la zona. Todos los tejados de las casas muestran la presencia de este noble material.

           Y desde Lago, se desciende suavemente a través de algún bosque poblado de pinos, hasta la localidad de Berducedo, un paraje grácil y armonioso, que invita al descanso más reparador.         

 

           

                                                          Lago

 

Pola de Allande-Berducedo. Puerto arriba (I)

                         Ayuntamiento de Pola de Allande

       Alojada en el fondo del valle se asienta la Pola de Allande, alargada villa de origen medieval, de la que no existen vestigios de aquel importante pasado. En torno al noble y porticado Ayuntamiento de principios del siglo XX  se amartelan las casas, solo separadas por el río Nisón, mientras que en las gradas se dispersan algunas casonas indianas y otras autóctonas de trazas desiguales. Ya en lo más alto del cerro, guardián celoso de la villa, se eleva la mole del palacio de Cienfuegos, que bien parece una fortaleza por las tres torres y los muros que las unen.  Los alrededores lo forman los prados, conciliados con los bosques, que se acercan a las haldas de los montes y las sierras. El conjunto es otra hermosa estampa de Asturias, la más occidental y escondida de todas cuantas hay.

       No pudo tampoco librarse esta población del azote de la emigración, cuyas páginas dramáticas se recuerdan en los monumentos al emigrante, situado uno en un extremo de la villa, y otro más modesto de 1970, levantado junto a la iglesia parroquial de San Andrés, de fábrica del siglo XVI con una portada y torre de tres cuerpos, dotada de espadaña y chapitel. Como en otros municipios, algunos de sus hijos volvieron a sus pueblos y construyeron casas de indianos, palacios de paradisiaca belleza que, diferentes de la tradicional arquitectura popular asturiana, vinieron con el tiempo a formar parte de ella atenuándose los contrastes. Son acabados ejemplos la casa de Las Veigas o la casona de los Olalla.

                        Monumento al emigrante

      Una de las riquezas de la Puebla es la abundancia de avellanos, que se dispersan por los caminos o se arraciman en sotos separados. Es tal la densidad de este arbusto en la zona que las fiestas que se celebran a principios de septiembre lo hacen bajo la advocación de la Virgen del Avellano. La tradición obliga a que la imagen de la Virgen sea bajada desde la ermita en que se encuentra todo el año hasta la iglesia parroquial, acompañada por una comitiva que la transporta en andas. Luego llegan las canciones populares o las letrillas nacidas en torno a este acontecimiento, como la que recuerda al mozo olvidadizo por parte de la mujer enfadada que “tú fuiste a la romería y no me traxiste nada; ni una ablana (avellana) turrada ni una mala rusquía (rosquilla)”.

       A esta Virgen se le atribuye el milagro de la curación del romero francés que iba para Santiago.  Como tantos peregrinos expuestos a toda clase de riesgos, cayó enfermo sin que nadie diera con la razón de la dolencia. Solo a un religioso del monasterio de Obona, según unos, o de Corias, según otros, se le ocurrió pedir a la Virgen del Avellano la sanación del peregrino, y así fue satisfactoriamente atendido devolviéndole la salud perdida. Como consecuencia y en señal de agradecimiento el peregrino rezó a la Virgen el resto de sus días.

     No debe pasar desapercibida, por último, la placa conmemorativa colocada en uno de los lados de la iglesia, que recuerda el pasado bizarro de los allandeses. Corría el año de 1569 cuando más de un centenar de nativos se reunieron a toque de campana en Junta General para decidir la independencia de la jurisdicción de la familia de los Cenfuegos, saga nobiliaria que no mantenía buenas relaciones con la vecindad. Esta pugna se prolongó durante la época siguiente, hasta que en 1774 el pueblo fue obligado contra su voluntad a someterse al gobierno de los nobles. Pero, a pesar de los hechos consumados, Allande recuerda a sus antepasados como hermanos valerosos.

                                 Placa conmemorativa de 1569

De Tineo a Pola de Allande (II).

 

      Nada falta ni sobra en este paisaje tan asturiano. Todo está bien. La senda que conduce fuera de Tineo se angosta o ensancha según su criterio orográfico. Los prados se suceden a ambos lados, cortados por largos e irregulares barbacanas de piedra, tras las cuales pacen temprano las vacas que se han cobijado durante la noche debajo de las magníficas copas de los castaños. Como complemento de esta arcadia, se levanta también madrugadora una suave brisa, que orea el monte y lleva de un lado a otro los profundos aromas de la naturaleza, endulzándola. Aquí y allá, un caserío se asoma más cercano, otro deja verse en lontananza, débilmente blanqueado por los primeros rayos del sol, a veces oculto por el cielo acelajado. Al fondo, los cordales, que se solapan ondulantes, esperan pacientes como reses bravas a que el peregrino se acerque en el secular silencio de esta mañana.

                 Monasterio de Obona

     Desde Piedratecha el descenso es permanente entre los bosques y el ramaje apretado hasta encontrarse con el desvío que se toma para llegar a Obona. En la profundidad del valle, solitario ermitaño ataviado de andrajos, famélico anciano vencido por la edad, apenas se sostiene en pie el  monasterio de Santa María la Real de Obona.

      Acerca de la fecha de la fundación del cenobio hay muchas dudas, pero en 1222 Alfonso IX pasa por este lugar promulgando que los peregrinos debían visitar el monasterio, aunque fuese desviándose del camino principal. Consta el conjunto de una iglesia de tres naves acompañadas de tres ábsides circulares y una fachada desmochada, provista de portada rudimentaria que se remata en una espadaña con abertura para tres campanas, dos de distinto tamaño. A su lado, sobresalen las dependencias del monasterio y un claustro inacabado del siglo XVIII, que está invadido por las ortigas y otra suerte de maleza muy pródiga en estos lugares húmedos. El período más florido del convento coincidió con el paso de los peregrinos en la baja Edad Media, y su importancia fue decayendo en la medida que estas tierras dejaron de ser paso de romeros hacia Santiago.  Aquí se enseñó el trívium y el quatrivium a los más preparados, pero parece que también se impartieron las técnicas agrícolas y ganaderas más depuradas, ayudando al desarrollo de la zona y de la región.

   Se encuentra en este monasterio el caldo de cultivo idóneo para el misterio y la leyenda pues su ubicación al fondo del valle, y los exuberantes bosques, han exacerbado la imaginación de foráneos y naturales, que han urdido consejas sobre brujas chupa-sangres (la guaxa), ánimas en pena ( la santa compaña) o laberintos que esconden valiosos tesoros o pergaminos de raros jeroglíficos.

 

                                 Prados de Campiello

    Los ascensos y bajadas se suceden sin pausa y lamen unas veces, otras atraviesan, las aldeas de Villaluz, Campiello y Borres. Retorna el paisaje tan asturiano. Prados superpuestos, dormidos, apenas separados por setos o muros reverdecidos de musgo; mientras que más allá se continúa la hilera de la sierra coronada por la vetas de niebla; y más cerca las vacas de leche se arremolinan buscando el mejor pasto. Zarzales y rastrojos, moras envainadas en finos tallos, marcan los lados del camino. Todo es deleite en este paraíso perdido.

     A tres kilómetros de Borres el peregrino debe elegir entre tomar el desvío por la ruta de Hospitales o seguir derecho hacia Pola de Allande, aunque la mayoría optan por el segundo itinerario a pesar de la belleza paisajística de la primera.

                                           Borres

    Es tal la atención que se da al paisaje en Asturias que se mira poco al cielo. Así que debe hacerse también un esfuerzo por dirigir la mirada hacia arriba. Como corre la brisa por estas caleyas, que mueve y desordena el peinado del arbolado, así también empuja las nubes que van y vienen desordenadas y a su capricho. De vez en cuando, el sol asoma narigudo entre el celaje y, entonces, los rayos dorados iluminan el campo aún más reverdecido.

     Colinas, Porciles, son las últimas costuras de este precioso día. Allá en el fondo de estas vallinas, justo en el pequeño redondel de esta hoya, nos recibe callada la villa de la Puebla de Allande, antes de proseguir camino. Mañana será otro día.

                                     Porciles

 

 

De Tineo a Pola de Allande (I). Las zarzas del monasterio.

 

 

 

                            Barrio de Cimadevilla

       Como un niño travieso que se descuelga por el tobogán y se queda parado en su mitad, así es la villa de Tineo, uno de los concejos más extensos de Asturias, que se asienta a gusto sobre la ladera de un monte. No en vano Pio Baroja, que visitó estos lugares en uno de sus viajes extraños por la piel cantábrica a principios del siglo XX, escribió que Tineo “tiene buen aspecto”. Fue fundada a principios del siglo XIII por el rey de León Alfonso IX probablemente para asegurar el paso de los peregrinos por estas tierras tan duras en aquella época, y para lo cual hizo construir un castillo del que solo se ha conservado hasta principios del siglo XX un recio torreón, hoy desaparecido. Posteriormente, durante la Baja Edad Media, adquirió la villa gran importancia social y económica por su carácter de villa itinerante. Actualmente, Tineo parece que lucha por recuperar, al menos, el pasado jacobeo pues se ven, y cada vez más, muchos peregrinos en las plazas y calles.

  Los peregrinos entran a la villa por el Paseo de los Frailes, pues este fue el lugar franco elegido por la orden mendicante para su descanso, que confluye en la parte más alta con el Campo de San Roque y la ermita homónima, construcción románica del siglo XII, aunque rehabilitada necesariamente para que no se viniese abajo. Aquí un monumento recuerda en latín al peregrino que debe seguir su camino, …et abi viam tuam. Este campo, oreado por los vientos suaves de la arboleda, celebra todos los años la fiesta en honor al santo, declarada de Interés Turístico Regional. Al lado, se practica el deporte de los bolos, el más autóctono de Asturias, que remonta su presencia al siglo IX, y cuya práctica no ha decaído desde entonces hasta la actualidad. Como es la pelota en Vascongadas y Navarra, los bolos representan las señas de identidad deportiva de Asturias.

    La importancia histórica de la villa descansa en el barrio de Cimadevilla y la Calle Mayor, que desciende o asciende, según se mire, desde Paseo de los Frailes hasta la Plaza del Ayuntamiento. Tiene dos partes bien distintas. El barrio de Cimadevilla aún conserva la tradicional fisonomía rural en que se juntan casas de sabor aldeano con los hórreos, despensa y abrigo del maíz y otras viandas; mientras que la Calle Mayor recuerda el pujante pasado medieval y renacentista manifestado en obras civiles y religiosas de esas épocas. Son testimonios algunos restos románicos que se conservan en la iglesia parroquial de San Pedro y el palacio de Justicia anejo,  construidos sobre un antiguo monasterio franciscano que hincó su arraigo en la villa casi desde el inicio de su fundación. La iglesia exhibe además un museo sacro de orfebrería, imaginería y misales, recopilados a lo largo de los años por uno de sus párrocos. Casi enfrente, el palacio de los García de Tineo del siglo XVI, convertido en la actualidad en Casa de Cultura, representa uno de los ejemplos góticos más importantes de Asturias.

 


                                    Ayuntamiento

   Esta arteria principal viene a desembocar en la plaza abierta del Ayuntamiento, centro comercial y mentidero frecuentado por los tinetenses y foráneos, donde dos edificios concitan el interés del visitante, a saber, el ayuntamiento de verde pálido, armoniosa fábrica del siglo XIX de dos plantas y reloj y campana en lo alto del tejado, y el palacio renacentista de Merás, una espléndida casa palatina flanqueada de dos torres, rescatada en el año 2015 para convertirse en un confortable hotel y un cómodo albergue de peregrinos. Al fondo, una atalaya abierta entre las casas y edificios permite la visión mayestática de las sierras y valles que circundan la población.

                          

                                        Palacio de Merás

     En un extremo de la Plaza de las Campas, junto al vetusto cementerio, la ermita románica de San Pedro casi pasa desapercibida a pesar de haber sido hasta finales del siglo XIX la sede parroquial. El ensanche por el margen izquierdo, donde se sitúa el moderno Tineo, ha dejado en la umbría a este recoleta iglesia, que parece más dormida en su aislamiento.

                          Antigua iglesia de San Pedro

   Una placa ensartada en la planta baja de una casona de balcón acristalado llama la atención. Hay unas letras en minúscula grabadas sobre un fondo cobrizo que dicen: “En esta casa nació el 15 de mayo de 1800 Dña. María Teresa de Riego y Riego…esposa del general Don Rafael de Riego”, el héroe que repuso la Constitución de Cádiz de 1812 durante el denominado trienio liberal, hasta que el despótico Fernando VII truncó las nobles expectativas en 1823, dando lugar a  la llamada década ominosa. De Riego, tinetense del pueblo vecino de Tuña, decapitado sin piedad por el monarca, casó con Mª Teresa, a la que se recuerda en su casa natal.

 

 

 

De Salas a Tineo (y II).

Subida al alto de La Espina

            La salida de Salas para encarar la subida al alto de la Espina se realiza por la calle Undinas. Pronto se toma una senda paralela al río Nonaya, que no cesa en su canto. Ella se ensancha o se angosta a su capricho; a veces el suelo queda cubierto de hojarasca húmeda que con el tiempo se hace putrefacta y enriquece la tierra, otras los guijarros tropiezan y se clavan en las botas; y a menudo a los lados se levantan muros improvisados de piedras de todos los tamaños en los que reverdece el musgo. Aunque luce el sol a ratos, apenas se deja sentir la luz celeste pues la espesura vegetal, apretadísima, forma una bóveda que impide que los rayos del sol penetren en el interior del camino, creándose así hermosos lienzos de luces y sombras. Entre tanto el río no duerme nunca, e incluso tiene tiempo para hacer cabriolas, pues en algún tramo del cauce se forma la cascada del Nonaya, como una larga y blanca  barba, que la naturaleza ha creado a su gusto.

      Poco a poco se va ganando campo abierto para llegar a las primeras casas de Porciles, luego de Bodenaya y, por fin, de la Espina. Los prados se descuelgan rebosantes de hierba exultante, y se desmarcan unos de otros por setos irregularmente alineados o por hileras de árboles, que dan alivio y sombra a las vacas. A los lados, cierran el paisaje los cordales de Bodenaya y el Viso. Tomada la llanura, llega el descanso y la contemplación de los alrededores.

 

Porciles

      La Espina es una larga y ancha planicie que actúa de límite entre los concejos de Salas y Tineo, en cuyo extremo se asienta la pequeña población homónima. Desde esta localidad, los peregrinos han podido desde siempre tomar el desvío de la costa hasta Luarca o seguir camino abajo a través de un camino más accidentado hasta Tineo. Hubo en este lugar una leprosería y un hospital, tal como se documentan en los beneficios que Alfonso IX concede en 1229 a la malatería con motivo de su peregrinación desde Oviedo a Santiago, y la dependencia del hospital del arzobispado de Santiago ya antes de 1268 pues recibe importantes donaciones de esta . De ambas instituciones no queda huella alguna en la actualidad.

    El occidente asturiano tiene la peculiaridad de haber sido tierra de “vaqueiros de alzada”, un grupo diferenciado por sus costumbres y tradiciones culturales del resto de los asturianos que, marginados por sus diferencias, tenían como actividad principal la ganadería. Uno de los ritos antiguos era la práctica de la trashumancia, pues pasaban los inviernos cerca de las costas o valles interiores y subían con las reses en la primavera a los puertos de altura, donde los pastos eran más abundantes y mejores. De entre tantos, algunos vaqueiros llegaban a La Espina desde Grado y Salas, para fijar aquí su residencia estival. Incluso, parece que La Espina es un pueblo de aluvión vaqueiro.

    El camino pasa por diferentes aldeas que pertenecen al concejo de Tineo. Es un amplio terreno llano y de buenos prados, vigilado por cordales, que son aprovechados como feraces pastizales por el ganado, pues esta actividad supone desde antaño el principal recurso económico de la zona.

                                      Los llanos de La Pereda

    Aparece primero La Pereda, en cuyo barrio del Humilladero está la ermita de Nuestra Señora de los Afligidos, apenas reconocida más que por unos carteles que informan del suceso y una espadaña en uno de sus muros laterales. Justo en frente se extiende el “prau” del Hospital, que hace referencia al antiguo centro hospitalario fundado por los monjes del vecino monasterio de Corias, y mantenido en pie hasta el siglo XIX. Luego se atraviesa el caserío de El Pedregal. A la salida se deja un cruz de piedra, apoyada en un basamento cuadrado, y por encima del camino se muestra la casa Begega o casa del Hospital pues también cumplió esta función siglos atrás. Es un sólido caserón asturiano provisto de una torre de tres plantas y  fachada con portalón adintelado por una galería de cristal. Por último, se pisa Santa Eulalia y la ermita de San Roque, antes de tomar el paseo de los Frailes, ya en los aledaños de la villa de Tineo.

                              Vista desde el paseo de los Frailes